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El veraneo salvaje en la playa del Coto

Un jabalí hoza en la playa de Doñana en busca de coquinas. Foto: José María Pérez de Ayala.

En los 50 kilómetros entre Sanlúcar y Mazagón, la virginidad de la playa es completa. Excepto los 5 kilómetros de costa urbanizada, y es de lamentar que con poquísimo gusto, en Matalascañas. Pero esto no nos interesa, vamos a centrarnos hoy en el veraneo en La Higuerita (como antes se llamaba con más propiedad a Matalascañas), cuando no existía ningún hotel. Porque, en efecto, muchísimas familias llegaban a la arena de Doñana a pasar el verano con un estilo que podría calificarse como jipi.

Las familias con cierta posibilidad económica (funcionarios, tenderos, algunos agricultores o profesionales liberales, que se decía antes) de los pueblos cercanos a Matalascañas -en particular Pilas y Villamanrique- cogían en julio camino hasta la playa en camiones o autobuses. La ruta discurría por en medio del Coto, no existía carretera alguna, acababa en Almonte. Pasaban por la laguna de Santa Olalla, hasta llegar al cordón de dunas. Era el momento de las mulas y los tractores, únicos capaces de superar esa, en apariencia, simpática barrera, que en realidad suponía una penosa muralla.

Una vez en la playa, se completaba el operativo con el alojamiento ¿Y de qué manera? Pues allí estaban unos señores de Pilas prestos a construirlos. La familia decía lo que deseaba (cocina, salón y dos dormitorios, por ejemplo), y los pileños construían con madera y matorral en el techo la residencia solicitada. Para después cobrar. El aspecto del centro vacacional era una larga fila, de algunos kilómetros, con estas estancias una junta a otra. Así nació lo hoy llamado Matalascañas.

El agua era el menor de los problemas. El acuífero, famoso por la sobre explotación a la que hoy le someten los agricultores hoy día, estaba tan cerca de la arena que bastaba excavar metro y medio para hallar agua. Y dulce. Atención a lo asombroso del asunto: agua dulce a unos metros de la rompiente del mar.

Los vendedores ambulantes se pasaban cada mañana por la zona, claro. Desde pan a pilas para las radios vendían a los veraneantes, que se encargaban a su vez de pescar o intentar pillar algún conejo del coto si no miraban los guardas.

La mala vida nocturna

Alguna de las chozas se dedicaba a bar, incluso se hicieron famosas las timbas de cartas en uno de esos chambaos, donde sonaba flamenco y la juerga (sin altavoces) resonaba en la noche de La Higuerita para sorpresa de la fauna, y desesperación de los veraneantes contiguos.

Imaginen la diferencia de paisanaje entre estos veraneantes y quienes se alojaban en el Palacio de Doñana o el en el de Marismillas, con el confort del personal de servicio, las habitaciones en el piso de arriba, y los caballos prestos para ir al baño. Eso sí, los mosquitos picaban por igual en ambos sitios.

En la prensa sevillana de agosto de 1932 podía leerse este curioso eco de sociedad: «Con motivo de la temporada de baños son numerosas las familias que se han trasladado a la vecina playa de Matalascañas, de donde llegan noticias de que está aquello concurridísimo este año y muy agradable».

En 1965 se construyó la carretera, y en 1966 la empresa Playas del Coto de Doñana, S.A. presentó el Plan de Ordenación de la urbanización de Matalascañas, que fué declarada en 1968, Centro de Interés Turístico Nacional por el Ministerio de Información y Turismo, declaración que amparaba e impulsaba decididamente el proyecto, cuya ejecución se inició en 1972.

Pero las chozas siguieron allí. Es más, llegaron a alojar a 30.000 personas, que le habían cogido el punto a este veraneo low cost y con una forma de vida parecido a lo que podría ocurfrir en la California más lisérgica. Eso sí, escuchando a Farina. Todo el asunto quedó acabado en 1982, cuando el disparate era tal que el Gobernador civil ordenó el derribo de semejante campamento sioux, en el que algunos eran dueños de 42 de estas chabolas de veraneo pues, claro, la avaricia siempre se da. Y la ira, pues el alcalde de Pilas acusó al de Almonte de ser el impulsor, para beneficiar a los hoteles de su pueblo.

En un reciente exposición de fotos sobre este veraneo, desde Pilas se quitaba hierro al asunto: «La pacífica sintonía de los pueblos de la zona de Doñana, que desde los siglos pasados han sabido mantener una relación de convivencia fructífera y respetuosa con el medio natural, lo que hoy llamamos sostenibilidad». Pues, ea, ahí quedó.

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DOÑANA TODO ERA NUEVO Y SALVAJE

En la novela-reportaje ‘Doñana, todo era nuevo y salvaje‘, narro la calurosa jornada en que le enseñaron a posibles inversores la playa, para que se animasen a levantar hoteles.

«En charrés rocieros y tractores con plataforma delantera, usados en Doñana para los visitantes, un grupo de autoridades sevillanas transita con ojo escrutador por las dunas y arenas vírgenes de Matalascañas. Inversores extranjeros –capital alemán, francés y suizo– han comprado a los dueños de Coto Palacio kilómetros de playa, al este de donde se ubica Torre la Higuera, pero falta una carretera que lleve hasta allí. La pugna es latente entre Huelva y Sevilla por esta oportunidad de desarrollo. Unos aportan el territorio, y los otros los veraneantes, y ambos quieren capitanear el rédito político, el interés económico, o ambas cosas.

Quienes visitan la zona en tan pintoresca caravana han logrado que el ex alcalde de Sevilla, el infatigable Antonio Halcón, conde de Halcón, les acompañe a sus 95 años para dar empaque a la prospección, sobre todo de cara a la prensa. Alguno va a caballo con chaqueta y corbata, sudando descolocado.

El calor es duro en septiembre, pero el paisaje en esta zona resulta estremecedor, emociona por hermoso y auténtico. El cantil arenoso de las dunas, aquí fijas, muestra diversos colores minerales, rivalizando con la gama de azules brillantes del Atlántico y el verde de la vegetación mediterránea que, con sus profundas raíces, atrapa a puñados estas tierras, mientras libera olores en el aire.

–Esto tiene buena pinta, y está elegido mejor que bien, la playa más cercana a la ciudad evitando el paso por las marismas -comenta el de la corbata.

Hasta ahora en la costa de Huelva sólo recalan veraneantes en Isla Cristina, La Antilla, El Rompido, Punta Umbría y Mazagón. Desde ahí y hasta Sanlúcar, pura naturaleza con epicentro en Torre la Higuera.

–Será un gran negocio, pero además de la carretera a Sevilla hay que tirar otra hacia Sanlúcar -indica el conde, al que todos escuchan. No es para menos. El diputado, senador y tres veces alcalde de Sevilla ha sido capaz de hacer la Exposición del 29, el parque de María Luisa, el barrio de Santa Cruz…

En 1963 ya estaban en obras las carreteras que confluirán desde Mazagón y El Rocío en Torre la Higuera, y en venta las parcelas para chalets y hoteles. El presidente del Tribunal de Cuentas del Reino, Servando Fernández Vitoria, lidera el consorcio empresarial.

–Me imagino que esta carretera la estarán construyendo para los dos guardias civiles del cuartel de Matalascañas, no creo que en ella tengan nada que ver los hoteles del presidente de la Cámara de Cuentas, sería nepotismo… -le dice Valverde a Albareda con irritadísima sorna.

Prismáticos al cuello, manos en los bolsillos, miran al atardecer lo que pronto no existirá, la playa virgen. Las antiguas dunas con sus retorcidas sabinas imponen su inquietante presencia pespunteadas de camarina, enebros, barrón. Zarapitos, correlimos y ostreros esprintan al alimón de las olas en busca de alimento. Lejos, hacia el río, se ven dos jabalíes hozando en la arena para sacar almejas y coquinas, o quizás algún resto de pescado. Miles de caracolas y conchas, en fin, dibujan una sinuosa línea que marca hasta dónde llegó anoche la marea alta.

–Expropiemos esto, Tono, podemos intentarlo para que al menos construyan al otro lado de la carretera, hacia Mazagón -afirma convencido el secretario general del CSIC a su querido compañero.

El empeño era vano, hasta el ministro de Obras Públicas había venido a anunciar las buenas nuevas. La pronta muerte de Albareda, y el apoyo entusiasta y casi unánime al desarrollo turístico de la zona, la playa de los sevillanos desde entonces, hizo imposible parar la nueva marea ‘civilizadora’, que se unía a las que habían cercado previamente a las marismas y cotos con arrozales y cultivos de eucaliptos y pinos.

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