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Primeros turistas y sablazos

Los primeros turistas que llegaron a Doñana no recalaron en Matalascañas, que ni existía, sino en el Palacio de Doñana cuando ya los gestionaban los biólogos. Y sufrieron el clásico sablazo al viajero en tierra extraña. En verdad, el dinero que se les sacaba tenía como fin la mera supervivencia de la Estación Biológica, creada en 1965 con tan pocos recursos que se improvisó una solución nada ortodoxa. José Antonio Valverde, el primer director de la Estación y del parque, invitaba a adinerados extranjeros con gran afición a los pájaros para, una vez en el Palacio de Doñana, rogarles un donativo…
Hay que situarse para entenderlo. Una finca de casi 7.000 hectáreas, y que se supone que es un centro científico, necesita presupuesto. No para gastarlos como hoy día, la mayoría en nónimas, pues entonces eran cuatro ‘gatos’, sino para conseguir algún resultado investigador, disponer de material, de libros, de gasolina, de un land rover, una valla alrededor…

Pepe Boixo, el guarda mayor entonces, recuerda que “Valverde no quería allí gente joven, él quería viejos, y me decía: ‘Pepe, entre más viejos más dinero’. De una cosa o de otra pero se le saca. Recuerdo que vinieron dos señoras, inglesas, más blancas que una pared, de 70 u 80 años, y me dijo: ‘Pepe si estas no vienen más, ya no hace falta, ya tenemos bastante’.

Para camelarlas las paseaba; si él no estaba, pues yo o un guarda, y como no teníamos coche se las sacaba en una plataforma de tractor y allí se sentaban y las llevábamos donde las señoras quisieran todo el día. Para comer iba yo a Almonte y les compraba la comida para los días con señoras allí, o un hombre solo, que iban muchos hombres solos, ingleses. Esos no pagaban nada, despues Valverde les sacaría el doble”.

La almeriense Rosa Teruel, una de las primeras biólogas españolas y esposa de Valverde, cuenta que “se llevaba a los visitantes a sitios impactantes. Una vez aparecieron un par de viudas de EEUU, y las metió a las dos en un cajón, un cayuco de fondo plano, para llevarlas a la marisma, y claro eso no lo habian visto en ningun sitio, y siempre una cosa así se reflejaba en una donación, porque le decían ‘¿qué podemos hacer, hace falta alguna cosa?’ Así Doñana, que no tenía mucho presupuesto, conseguía ir adelante”.

Juan Antonio Fernández Durán, uno de los primeros cámaras y documentalistas que grabaron en Doñana, lo recuerda así:

“En Andalucía no había nada, ni comprensión ni ganas de comprender nada, ni de conocer los problemas de Doñana, ni siquiera de conocer Doñana, diría yo. La mayoría de los visitantes alli eran extranjeros, a finales de los años 60 allí sólo podías ver básicamente ingleses porque han sido siempre los grandes amantes de los pájaros.

Existía una apatía, no solo un desconocimiento, sino una apatía por conocer. Era una sociedad muy rural pero que entendía el rus de una forma muy distinta. Un representante de esa sociedad rural era Carlos Melgarejo, el dueño de Hato Ratón, pero este sí se interesaba muchísimo, hacía fotografías, incluso hizo algo de cine. Aunque en general el señorito andaluz iba por otro lado, los grandes campos, los grandes haciendas, los grandes cortijos, eran para sacar dinero, exclusivamente. La sociedad sevillana, la sociedad andaluza, y la Naturaleza llegaron a congeniar muchísimo mas tarde”.

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