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Hiraldo en uno de los observatorios de la marisma de Doñana. Fernando Hiraldo fue uno de los biólogos pioneros de Doñana. Llegó desde Almería, donde tenía su plaza en el CSIC el ‘padre’ del parque nacional, José Antonio Valverde. Allí se conocieron, y Tono Valverde --gran amigo de su tío, Fernando Cano, gran fotógrafo de naturaleza y abogado- lo fichó porque tenía una utilísima virtud: donde ponía el ojo, ponía la bala. En aquellos años, completar colecciones científicas de animales resultaba una prioridad, y

(Pepe Menegildo cargando bártulos en la playa de Doñana. Foto: Banco de Imágenes del CSIC). En el friso de los personajes legendarios de Doñana que algún día se esculpirá en mármol (o mejor, en madera de sabina), sin duda alguna aparecerá Menegildo, el sanluqueño sin miedos ni normas. Una especie de buen salvaje, pero sólo a ratos. Para ir al centro del asombro, reproduzco cómo lo definió otro que tal calzaba, el propio José Antonio Valverde, que con él tenía unas peleas colosales, en las que

Los primeros turistas que llegaron a Doñana no recalaron en Matalascañas, que ni existía, sino en el Palacio de Doñana cuando ya los gestionaban los biólogos. Y sufrieron el clásico sablazo al viajero en tierra extraña. En verdad, el dinero que se les sacaba tenía como fin la mera supervivencia de la Estación Biológica, creada en 1965 con tan pocos recursos que se improvisó una solución nada ortodoxa. José Antonio Valverde, el primer director de la Estación y del parque, invitaba a adinerados extranjeros

(En el centro, Javier Castroviejo, flanqueado por Jesús Vozmediano y el guarda Clarita) La entrevista a Pepe Boixo, guarda mayor de Doñana durante muchos años, se desarrolla en la casa de Juan Villa, el escritor de Almonte convertido sin duda en la gran referencia desde la literatura para entender la historia de este espacio y sus gentes. Pepe es de los que estuvo allí desde el principio, desde agosto de 1969, y antes. Algunas cosas que cuenta de entonces pueden, literalmente, espantar al lector de

(Fotografía de José María Pérez de Ayala) Hubo un tiempo en España, prolongado tiempo, en el cual los animales 'malos' que se comían a los que, a su vez, los humanos comían (como conejos o patos), se llamaban de forma general 'alimañas'. La palabra lo dice todo. Y como eran alimañas pues matarlas no sólo estaba bien visto, sino que incluso se pagaba dinero contante a quienes los abatían. De esta forma, lo propio al cruzarse con un lince era pegarle un tiro, o rematarlo si