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Bandadas de diversas especies en un lucio. Foto: José María Pérez de Ayala. Juan Villa cuenta con la admiración del entrevistador hacia su talento como investigador y escritor, advierto. Es el gran cronista de la comarca de Doñana, de su historia más delicada: la que imbrica territorio y ecosistemas, con personas y sociedades. La lectura de sus libros permite adentrarse de verdad en Doñana, pues conoce las claves más ocultas para orientarse, mapa emocional en mano, por el viejo coto. Juan Villa en la Rocina, seca

La playa virgen del espacio natural de Doñana. Foto: José María Pérez de Ayala. Cuando se dice Matalascañas suenan músicas diferentes según quien oiga tan extraña palabra. Desde paraíso veraniego de la infancia (y adultez), a imperdonable atentado contra Doñana, o centro de las vacaciones del 'miarmismo'. El nacimiento de la macro urbanización de Matalascañas se puede considerar inevitable. Ya acogía a veraneantes desde principios del siglo XX, cuando los habitantes de, al menos, medio pelo económico de los pueblos del entorno se pagaban

Palacio de Marismillas, propiedad estatal, construido hace un siglo. Foto: José María Pérez de Ayala. El gigantesco e irregular espacio que delimitan los cascos urbanos de La Puebla del Río, Villamanrique, Almonte y Moguer (observen en un mapa lo de gigantesco) ha sido durante siglos una 'terra nullis' en cuanto a poblamiento estable. Además de casas de guardas y chozas de pastores, en los inicios sólo existieron la ermita de El Rocío y dos 'palacios'. Con perdón del yacimiento romano, menor, del Cerro del Trigo. Los