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Bandadas de diversas especies en un lucio. Foto: José María Pérez de Ayala. Juan Villa cuenta con la admiración del entrevistador hacia su talento como investigador y escritor, advierto. Es el gran cronista de la comarca de Doñana, de su historia más delicada: la que imbrica territorio y ecosistemas, con personas y sociedades. La lectura de sus libros permite adentrarse de verdad en Doñana, pues conoce las claves más ocultas para orientarse, mapa emocional en mano, por el viejo coto. Juan Villa en la Rocina, seca

Un toro cruza en Doñana la marisma. Foto: José María Pérez de Ayala. En el territorio hostil de la naturaleza virgen, hay un temor que empapa al habitante. Es el miedo a morir, a ser atacado, a la vida salvaje. Doñana hizo pasar por ese trance a quien vivía en ella. Allí han vivido animales que matan, todavía existen algunos. Sin embargo, para sorpresa de muchos, el animal que más muerte y enfermedad ha causado en Doñana y su entorno se fulmina de un manotazo: el

Palacio de Marismillas, propiedad estatal, construido hace un siglo. Foto: José María Pérez de Ayala. El gigantesco e irregular espacio que delimitan los cascos urbanos de La Puebla del Río, Villamanrique, Almonte y Moguer (observen en un mapa lo de gigantesco) ha sido durante siglos una 'terra nullis' en cuanto a poblamiento estable. Además de casas de guardas y chozas de pastores, en los inicios sólo existieron la ermita de El Rocío y dos 'palacios'. Con perdón del yacimiento romano, menor, del Cerro del Trigo. Los

Un toro de la raza mostrenca con un desparasitador en la cabeza. Foto: José María Pérez de Ayala. Antes de convertirse en parque nacional en 1969 Doñana era, además de cazadero de la high class, el lugar de trabajo para muchos de los habitantes del entorno, bastantes de los cuales vivían allí. Hoy día el trabajo dentro del antiguo coto de caza sólo está vinculado a tareas de conservación, de ecoturismo y científicas, y nadie reside dentro, ni siquiera en el palacio de Marismillas, sin

Uno de los esquemas ecológicos de Valverde para explicar el ecosistema en una imagen. Con líneas de puntos las rutas del lince. Imagen: Familia Valverde. El dibujo ha sido una herramienta fundamental en la historia de la ciencia naturalista durante siglos, los que transcurrieron sin fotografía. Aunque cuando los primeros científicos propiamente hablando llegan a Doñana –Bernis y José Antonio Valverde en 1952- ya estaba más que presente la cámara de fotos, resultaba un objeto caro y, sobre todo, incapaz de captar algo que transmitía

Hiraldo en uno de los observatorios de la marisma de Doñana. Fernando Hiraldo fue uno de los biólogos pioneros de Doñana. Llegó desde Almería, donde tenía su plaza en el CSIC el ‘padre’ del parque nacional, José Antonio Valverde. Allí se conocieron, y Tono Valverde --gran amigo de su tío, Fernando Cano, gran fotógrafo de naturaleza y abogado- lo fichó porque tenía una utilísima virtud: donde ponía el ojo, ponía la bala. En aquellos años, completar colecciones científicas de animales resultaba una prioridad, y

La vista aérea de Doñana no se consigue hasta 1956, en el 'vuelo de los americanos'. Pero Héctor Garrido, y otras perspectivas, muestran la belleza del parque desde el cielo.

(Pepe Menegildo cargando bártulos en la playa de Doñana. Foto: Banco de Imágenes del CSIC). En el friso de los personajes legendarios de Doñana que algún día se esculpirá en mármol (o mejor, en madera de sabina), sin duda alguna aparecerá Menegildo, el sanluqueño sin miedos ni normas. Una especie de buen salvaje, pero sólo a ratos. Para ir al centro del asombro, reproduzco cómo lo definió otro que tal calzaba, el propio José Antonio Valverde, que con él tenía unas peleas colosales, en las que

Los primeros turistas que llegaron a Doñana no recalaron en Matalascañas, que ni existía, sino en el Palacio de Doñana cuando ya los gestionaban los biólogos. Y sufrieron el clásico sablazo al viajero en tierra extraña. En verdad, el dinero que se les sacaba tenía como fin la mera supervivencia de la Estación Biológica, creada en 1965 con tan pocos recursos que se improvisó una solución nada ortodoxa. José Antonio Valverde, el primer director de la Estación y del parque, invitaba a adinerados extranjeros