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«También se extinguen saberes»

Bandadas de diversas especies en un lucio. Foto: José María Pérez de Ayala.

Juan Villa cuenta con la admiración del entrevistador hacia su talento como investigador y escritor, advierto. Es el gran cronista de la comarca de Doñana, de su historia más delicada: la que imbrica territorio y ecosistemas, con personas y sociedades. La lectura de sus libros permite adentrarse de verdad en Doñana, pues conoce las claves más ocultas para orientarse, mapa emocional en mano, por el viejo coto.

Juan Villa en la Rocina, seca por el verano.

¿Cómo era la vida en el coto en los años 50? En 1950 el coto, el corazón de Doñana, estaba estancado en una forma de vida que venía de muy atrás, a pesar de su paso de la nobleza a la burguesía. Todavía los grandes cambios en esta zona no se habían dado. Sin embargo, sí que en los años 50 hay unas amenazas muy concretas, el arroz desde el norte que está bajando. Luego de la zona del oeste venía el eucalipto, prácticamente por el año 50 es cuando quieren saltar la valla del coto y llegar al Palacio con ellos. Y todavía la amenaza del sur no se vislumbraba, las urbanizaciones, que llegarían en la década siguiente.

El coto era un mundo casi medieval, un mundo sin caminos, un mundo donde el eje lo marcaba la Vera. Estaba tremendamente amenazado, creo que el punto culminante de la amenaza del coto se sitúa entre el 50-52.

¿Qué personas y personajes viven entonces por la comarca? En el coto en los años 50 hay dos grandes bloques: los dueños y sus amigos, y  la gente que trabaja y vive allí. Los dueños no viven allí, vienen. Entre los inquilinos fijos hay una estructura piramidal muy clara; en la cúspide se halla el guarda mayor, el gran responsable del coto y del Palacio, y alrededor de él hay una serie de guardas, con casa en su sector, y personas más o menos estables que se dedican al carboneo, a la caza, a la miel… todos los oficios, no muy permanentes, van por temporadas, como la roza, parcelas de terreno que la gente de Almonte ponía de trigo. Había un mundo, había gente y había vida. En la costa, los pescadores, los coquineros todavía no. En el año 50  aún quedaba una jábega, en El Loro,  que estaba todo el año en actividad excepto en verano.

En definitiva, el mundo en los año 50 era un mundo en el que existía cierta depredación más que trabajo sistematizado, la gente iba a depredar: piñones, conejos, patos… no había oficios muy cerrados, pero gente había mucha. Casi siempre  gente que por lo general pertenecía a la marginalidad de los pueblos del entorno. El trabajador convencional no iba al coto, trabajaba en los olivos, las viñas….

José Antonio Valverde porteado por Menegildo por el barro.

Personajes como Valverde, Mauricio, Bernis… se dedicaban a cosas tan exóticas como anillar garzas. Ya la gente estaba un poco ‘educada’, no tanto españoles como sino ingleses que venían desde el XIX.  Este perfil de personaje extraño que venía a contar pájaros o a examinar  los excrementos de las águilas, la gente del coto viene viéndolos desde tiempo atrás. Era lo que se llamaban los “ingleses”, fueran de Checoslovaquia o de Australia, personajes extraños que llegaban para mirar  los pájaros y no para matarlos. De todas maneras esos primeros viajeros también eran cazadores, por lo general. En los años 50 la gente que se acerca a Doñana no es cazadora, viene por la naturaleza. Supongo que el choque sería grande: que alguien se pase 20 días contando los pájaros de una pajarera, para gente que se estaba buscando la vida, intentando sobrevivir, que hubiera individuos en estas prioridades le llamaría bastante la atención.

Y creo que hubo  un mal entendimiento mutuo desde el principio; ni la gente de aquí entendió a lo que se llamó “biólogos”, también entre comillas, ni aquella gente entendió a la gente de aquí. Los de la zona tenían unas ideas muy claras de cómo era este mundo, de cómo había que gestionarlo, y los biólogos que fueron tomando protagonismo, el poder de la zona, tampoco  dieron valor  a la gente de aquí. Se trataba de generaciones que venían heredando unos saberes, unos oficios, que se extinguieron justamente de los años 50 a los 70, y algunas de estas extinciones yo creo que fueron lamentables porque podrían haber ayudado a que la Doñana de hoy fuera mejor, más completa y respetuosa con lo que siempre fue.

Foto: José María Pérez de Ayala.

¿El objetivo de Valverde se logra a pesar del entorno social? No sé si es algo consciente por parte de Valverde, y  del resto de los gestores, el hecho de eliminar la marca humana de Doñana, o es consecuencia inevitable de transformar un espacio privado para la caza en un parque nacional. Consciente o no, las marcas humanas de Doñana se han liquidado. ¿Había que liquidarlas? ¿Hasta qué punto? Lógicamente, formas de vida en Doñana serían insostenibles hoy, pero habría también aspectos que quizás debían de haberse tratado de otra manera -edificios, lugares-, conservado. La Vera, el eje de la civilización, ha desaparecido, excepto el Palacio, cuando había un rosario de edificaciones que hablaban de la presencia del hombre. Lo último que se ha caído son las casas salineras. Nadie se ha preocupado.

¿El Parque Nacional salvó a Doñana o sólo a una parte? La declaración del PN es algo que salva algunos aspectos de Doñana, pero arruina a otros. Lo natural se salva y lo humano se pierde. ¿Hasta qué punto lo natural se salva con los métodos que plantean los nuevos rectores? Conflictos como que no existen conejos o se mueren los linces no se daban en los años 50. ¿Es causa de una mala gestión, o es cosa de los tiempos? Mi opinión es subjetiva, pero el hecho es este, cuando se gestionaba de una manera esta zona había conejos, linces, águilas, y ahora… ¿Tiene que ver con esta concepción purista de los biólogos? ¿Quizás se debería haber escuchado más a la gente que vivía aquí y que de una manera u otra habían mantenido este mundo? Pues no lo sé.

De todas maneras todo es cuestionable. Lo mismo se aplicaron unos métodos o unas posturas que no funcionaron como la historia demuestra. Si se hubiera escuchado más a la gente los problemas serían menos. Quizás había actitudes preconcebidas de los científicos que dejaron a la gente al margen.

¿Qué paisaje había y cuál dejó la repoblación en El Abalario? El Abalario era un humedal lleno de arroyos, lagunas, charcos… zonas que se inundaban, paupérrimas; la agricultura no existía, prácticamente unos huertos de los cabrero, es más, únicamente se criaban cabras, no vacas porque no había comida de calidad, las cabras se lo comen todo. El paisaje no era más que esto, monte bajo, lagunas y charcos.

El eucalipto lo invade todo. El primer tramo del mar, la duna, se pone de pinos para fijar la arena, y a partir de ahí eucaliptos rojos y blancos, que eran muy agresivos dentro de las 100 y pico especies que había, porque eran los que producían más madera, y eran los que chupaban más agua también. Que la conciencia de la gente que llega allí no es una mala conciencia, no es vamos a cargarnos este espacio, sino al contrario, vamos a hacerle un favor, a quitarles las charcas, el paludismo. Hay una voluntad positiva, no una mala intención de agredir a la naturaleza, sino lo contrario: creamos madera para el papel, las minas, y a la vez modificamos el espacio, y finalmente será más habitable, civilizado, que el que hay.

Descríbeme el Paisaje humano de la zona del Patrimonio forestal. Igual que Doñana, aquello era una estructura piramidal, pero además sistematizada y escrita, hay una normativa muy exhaustiva de lo que era el mundo del PF. Había una cabeza, el ingeniero jefe, en la cúspide de la estructura social de la zona junto con el cura. El poder civil y el militar que además aparecían juntos en una loma: la casa del ingeniero y la iglesia al lado, y al pie de la loma las casas de los obreros, los “productores” que se les llamaban. Y luego una clase media, médico, maestro, listeros, y el encargado de trabajo, que era un personaje siempre importante, la conexión entre el poder técnico y el obrero. Y en Cabezudos, el poblado central. En la zona llego a haber 8 o 10 poblados pero la metrópolis era Cabezudos.

Venían prácticamente de toda España, mucho extremeño y -estamos hablando del año 40-42- llegaban totalmente despistados. O este trabajo o se morían de hambre o de pena; no tenían donde dormir, comer,  vivían y comían en los mismos tajos. Y luego se fueron organizando: primero unos poblados de chozas, y luego ya a principios de los 50 poblados de ladrillos, los restos  que vemos ahora.

Los había  de todos los colores, muchos huyendo, en esos momentos no se pedían papeles, venían a trabajar, yo me llamo Pepe y se me ha perdido la documentación. Además hacía falta gente, porque además maquinaria no había, imaginaos lo que es el año 40 removiendo todo esto con azadones, arados romanos y mulos, ya en los 50 llegan los tractores y los caterpillar que avanzan mucho más y los trabajos son más suaves.

Y acabó cuajando una sociedad que terminó teniendo un perfil. Las gentes de Cabezudos, del Patrimonio, terminaron con conciencia de que eran alguien. Luego se acabó el trabajo y se diseminaron. Viven muchos  en  Almonte. Curiosamente hay una zona en el pueblo donde viven casi todos ellos juntos, esta conciencia de grupo la trasladan a su nueva ubicación, no se desparraman por las calles. Hasta los de mi generación y más jóvenes tienen conciencia de ser del Patrimonio.

¿Hoy, qué ha cambiado para siempre, y qué no ha cambiado nada? Si partimos de la base de que tanto Doñana como el Abalario son tierras “in fieri”, haciéndose, el cambio de su paisaje es a la vez su propia esencia. Hay zonas que casi no se reconocen de un año para otro. Lo que no ha cambiado nada es precisamente su capacidad de cambio. Todo esto con respeto al paisaje físico, si hablamos del humano ha habido una lógica adaptación a los tiempos, ya nadie vive allí, pero si algo se mantiene es el sentimiento de permanencia, el amor por ese mundo de los que de alguna manera estuvieron o están ligados a él, aunque sea desde la periferia.

¿Qué lugares concretos recomiendas para entender Doñana? Tanto naturales como culturales. Muchos se podrían citar, pero uno de los paisajes más espectaculares y, para mí al menos, simbólicos de Doñana, a la vez que más accesible, es la Madre de las Marismas, al pie de la aldea de El Rocío. En él además se funde lo natural con lo cultural. Se han hallado en sus cercanías restos tartésicos, es un punto donde los humanos han estado habitando desde antes de la Historia hasta hoy casi de manera ininterrumpida. Por algo será. Algo de mágico tiene. Y, hablando de El Abalario, las ruinas de Cabezudos, un lugar tomado hoy por el abandono y la nostalgia, es un paisaje con una fuerza especial.

Hazme una descripción del entorno social y cultural de Doñana dentro de otros 50 años, en 2069. Si eliminamos posibles hecatombes, tipo calentamiento global, tsunamis, minas de Aznalcóllar, etc, pienso, o quiero pensar, que Doñana se terminará entendiendo como lugar a conservar de manera incuestionable, como puede serlo la catedral de León o Las meninas. La percepción general en los últimos cincuenta años ha cambiado de forma radical y no veo razón para no seguir avanzando por el mismo camino. 

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Comments

  • Juan Carlos Rubio García
    REPLY

    Habría que elucubrar también con lo que pasará con la gente de Doñana para que el discurso se entienda en su totalidad, no la que estuvo sino la que está, ya que el espíritu de pertenencia ha cambiado y se ha ampliado mucho.

    2 agosto, 2019

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