El río, la frontera – Doñana 50
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El río, la frontera

Un mercante parece surcar la marisma. Foto: José María Pérez de Ayala.

Al viento y al Guadalquivir se le pueden adjudicar el haber convertido un trozo de Atlántico en un casi lago, el famoso Ligustinus, y posteriormente una marisma. Uno empujaba arena, y el otro aportaba sedimentos. El río ha sido durante siglos sobre todo más frontera que otra cosa para Doñana. Bien lo saben los guardas históricos, que tenían mayores problemas con los furtivos llegados a pie desde el lado de Huelva que con los sanluqueño y trebunejeros.

El río que surcaron hace cinco siglos los descubridores no tiene nada que ver con el curso actual. Unos 50 kilómetros se ha reducido su recorrido a base de ‘liftings’, de cortas que han estirado su cauce para que los barcos no trazaran los peligrosos meandros, sino líneas rectas. Fue así como nacieron Isla Mayor y Mínima.

El Guadalquivir supuso la forma de acceso habitual de los dueños del Coto, ya que siempre se trataba de prohombres residentes en Sanlúcar y Jerez. Los duques de Medina Sidonia, los marqueses de Bonanza, del Borghetto o del Mérito, zarpaban desde Sanlúcar hacia la otra banda para disfrutar en sus palacios -de Doñana o de Marismillas- de las temporadas de asueto, o de tiradas y monterías.

El yate Stephanotis, del duque de Tarifa.

El Rey Alfonso XIII, el gran cazador, también llegaba en barco, que igual era un dragaminas del Ejército que el yate Stephanotis, del duque de Tarifa.

Los presidentes del Gobierno, ya en democracia, mantuvieron la costumbre, hasta que en alguna ocasión accedieron a través de Almonte tras intensas e inesperadas presiones, pues los naturales de esta localidad de Huelva son en especial celosos cuando se habla de Doñana. Sobre todo sus sucesivos alcaldes y alcadesas.

Mercantes de principios de siglo XX por el Guadalquivir. FOTO: Libro ‘Paisajes de Andalucía’.

Para los trabajadores de Doñana, el río marcaba una frontera mucho más penosa hasta hace unas décadas. Se cruzaba pocas veces al año, y siempre con el miedo de quien no sabe nadar. Para atravesarlo había quien recurría, sobre todo río arriba, a echar una vaca o caballo al cauce para agarrarse al animal y que lo llevase.

Si se sabía nadar, la técnica consistía en esperar a que la marea marcase su nivel más bajo. Entonces, con el mínimo recorrido en que se quedaba la lámina de agua, y sin corriente, ya que estaba quieta unos minutos, se echaban a bracear hasta la otra orilla.

El río es hoy un frente amenazado también. Si por el oeste presionan los agricultores, y por el norte resurge la nueva carretera cada tanto, por el este la amenaza deriva de la navegación mercante. O, mejor, de quienes desean dragar y ensanchar el cauce para que pasen barcos más grandes. Es decir, que creen mayor oleaje, desmoronen las orillas con mayor ímpetu, y haya que dragar con mayor frecuencia.

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