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El último rey cazador

Berrea al atardecer en Doñana. Foto: José María Pérez de Ayala.

Se puede dar por hecho que ha sido Juan Carlos I el último rey en cazar dentro de Doñana, cuando todavía era coto privado. El último rey, duque o peluquero, pues la caza se encuentra completamente prohibida en el ahora parque nacional. La única excepción deriva del control de poblaciones. El exceso de ciervos y jabalíes –al no tener predadores- arrasaría con el pasto, por tanto con el alimento de los conejos y, como colofón, con linces y águilas. Así que guardas del parque abaten a esos dos mamíferos. Hasta 1.000 jabalíes han caído en un año.

Juan Carlos I cazó en 1953 en la compañía de su hermano Alfonso, como se sabe fallecido de un tiro por el brutal accidente ocurrido en su casa, al tener ambos menores a mano un arma cargada. No en vano el padre, Juan de Borbón, era cazador. En ese año debutó, pero volvería en otras ocasiones.

El hijo de Juan Carlos, el vigente rey Felipe VI, ha seguido una deriva mucho más próxima a los gustos de su madre, y es de nula afición cinegética. Es más, el joven Borbón protagonizó una serie documental sobre naturaleza titulada ‘La España salvaje’, sin duda un guiño del director de la serie de 10 capítulos, Borja Cardelús, al libro ‘Wild Spain’, pionera publicación de los cazadores doñaneros Chapman y Buck.

Merece la pena repasar los vídeos del ahora Felipe VI, porque al joven se le veía todo lo creíble que puede ser alguien por completo desconocedor del medio. Se prestó al reto de presentar una serie en el prime time televisivo, en aquél 1996, con una actitud en la que se aprecia gusto por la naturaleza. Más tenso parecía Cardelús. Claro que tener que llamar ‘vuestra alteza’ al compañero con el que vas a ver fochas, pues… tensa, tensa.

El joven Príncipe Felipe con un pastor de ovejas trashumante en ‘La España salvaje’.

Uno de los capítulos estuvo dedicado a Doñana, y allá que se tomó unas tostadas en medio del campo con algunos paisanos de la comarca. En fin, un rey muy alejado de las tradicionales prácticas monárquicas. Su padre Juan Carlos estuvo entre dos aguas. Cazaba, algo que debe recalcarse que durante siglos fue una práctica sin críticas de la opinión púbilca; y, a la par, fue el primer presidente de la delegación española de WWF, Adena. Ambas cosas se unieron cuando Juan Carlos I fue expulsado por cazar… elefantes en pleno siglo XXI y con impactante foto de por medio.

La caza se produce en el coto desde su ‘nacimiento’. Si ciframos ese hecho cuando, en el siglo XIII, Alfonso X ‘El Sabio’ convirtió estas tierras en su coto de caza real tras recuperar el reino de Niebla del dominio musulmán. 

La jornada de caza real más memorable la protagoniza en 1624 el rey Felipe IV. Se personó del 12 al 18 de marzo en el coto acompañado por un séquito de 700 personas, entre los que se encontraba el escritor Francisco Quevedo. En su honor, el VIII duque de Medina Sidonia, Manuel Alonso Pérez de Guzmán y Gómez de Silva y su esposa Juana Gómez de Sandoval y Rojas y de la Cerda, organizó una enorme fiesta, con 12.000 comensales, además de una corrida de toros y fuegos artificiales, los primeros que pudieron verse en la zona.

Los víveres que se trasladaron al coto fueron enumerados por escritor de los Medina Sidonia, Pedro de Espinosa:

“Setecientas fanegas de harina de flor. Ciento para los perros de su Magestad y el Duque.  Ochenta botas de vino añejo. Gran cantidad de vino de Lucena y bastardo. Diez botas de vinagre. Dozientos jamones de Rute, Aracena y Vizcaya. Cien tocinos. Quatrocientas arrobas de azeyte. Mil de agua del caño dorado de S. Lúcar. Trezientas arrobas de ubas, orejones, dátiles y otras frutas. Seyscientas arrobas de salmón, atún de ijada y pescado. Gran suma de arencones. Cinquenta arrobas de manteca de Flandes. Quinientas palmas de manteca de vaca, fresca, y ochocientas orças de la de puerco. Muchas orças de leche de vacas. Trezientos quesos de Flandes. Quatrocientos melones. Mil barriles y botijas de azeytunas. Cien arrobas de açúcar, sin otras ciento en pilones. Cinquenta arrobas de miel. Dozientas arrobas de caxas de conserva, cubiertos y almíbares. Ocho mil naranjas dulces y agrias. Tres mil limones agrios  y dulces. Mucha especería de todo género. (…) Doze cargas de palmitos de Meca, de que gustó mucho su Magestad. (…) Trezientas cucharas. Diez carretadas de sal. (…) Para la cavalleriza de su Magestad se embiaron dozientas cinquenta carretadas de paja, mil y quinientas fanegas de cevada, veyntiquatro de trigo y diez de harina con que regalar los cavallos”.

Alfonso XIII con algunos ciervos cobrados en Doñana. Por una foto parecida, aunque el abatido era un elefante, terminó pidiendo perdón en la tele su nieto, Juan Carlos I. Todo un hito en la historia de la monarquía española.

Aunque el cazador de testa coronada más adicto a Doñana ha sido sin duda Alfonso XIII. Durante casi 30 años pasó por el coto para disparar a gansos, venados o lo que se terciara, ya que no había freno, y menos para el Rey. Tal era su gusto por la escopeta, que en el mismo 1931, con una España de patio bastante removido (la prueba es que en abril debió exilarse a Italia al proclamarse la República), el abuelo del actual rey estaba en Doñana. Cazando, claro.

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