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El salto a la fama

Este artículo tiene algo de pequeña exclusiva. Trata sobre el muy poco conocido reportaje que dio a conocer a la opinión pública internacional ese jardín cerrado llamado Doñana. Pero no el conocimiento del Coto en charlas de coñá y puro entre cazadores de la high class europea, sino entre esa tribu escasa y todavía marginal en España, por el contrario tan asentada  en el mundo occidental, de los naturalistas. Se trata de un amplísimo despliegue sobre Doñana en la mítica revista National Geographic, nada menos que de 1958.

Toda exclusiva, como siempre, se la debe el periodista a alguien. En este caso a José María Fernández Palacios, Pipo, un primer espada del medio ambiente y la edición. Bien sé, porque lo vi, que sus impulsos editoriales en la Consejería de Medio Ambiente crearon lo mejor que ha salido desde la Casa Rosa. Me quedo con su serie sobre Agua, territorio y ciudad.

El reportaje del NG, volumen 113, número 3 de la revista, aparece al año siguiente de la más relevante de las dos Doñana Expedition, la de 1957, consecutiva a la del 56 ¿Qué fueron? Un grupo de naturalistas organizados por el francés Guy Mountfort para permanecer varias semanas como invitados de Mauricio González Gordon, el dueño de Tío Pepe, en el Palacio de Doñana. Son ornitólogos, y llegan con todo el equipo de foto y vídeo, y la máxima fascinación, a un rincón por descubrir. En la segunda estancia ya estuvo presente José Antonio Valverde, el joven veinteañero que se convertiría en el detonante del parque nacional.

El autor del texto es Roger Tory Peterson, neoyorkino, pintor, fotógrafo de aves e inspirador del ecologismo. Una de sus excepcionalidades es que se trata del inventor de las guías de campo que hoy utiliza cualquier pajarero, convirtiéndose así en celebridad. A lo largo de 23 páginas, con mapa alocalizador incluido, explica sus andanzas por Doñana, con espacio para la visita a Arcos de la Frontera y la laguna de la Janda –todavía sin desecar para cultivar- y la romería de El Rocío, cuyo exotismo le impresiona vivamente.

El reportaje se inicia con ‘don Mauricio’, el joven propietario de Doñana, como lo define, y su invitación a que conozcan las marismas. Peterson sitúa al lector hablando de otro lugar mucho más conocido: la Camarga francesa, para concluir que Doñana “tiene una riqueza mayor de aves”. Calcula unas 200 especies, algunas “extremadamente raras”

Las dos Doñana Expedition

–La primera expedición, 1956, la compusieron el londinense Reginald Guy Mountfort, tras lavar probetas, vender máquinas de escribir, y alcanzar el grado de teniente coronel del Ejército británico, es director de una agencia de publicidad multinacional, a la que luego llamaría Ogilvy, además de secretario de la prestigiosa sociedad de ornitología británica; Roger Tory Peterson, estadounidense, pintor y fotógrafo de aves, ha inventado las guías de campo, convirtiéndose así en celebridad. Lord Alanbrooke (ornitólogo, mariscal y oficial condecorado tanto en la Primera Guerra Mundial, como sobre todo en la Segunda, cuando fue general jefe del Alto Estado Mayor inglés y ‘brazo derecho’ de Churchill); el legendario fotógrafo londinense de naturaleza Eric Hosking; el ornitólogo, muy conocido por su papel de divulgador en la BBC radio, James Fisher; el editor de la revista ‘British Birds’, James Ferguson-Lees; John Parrinder, Jerry Jamieson y George Shannon.

–En la segunda, 1957, repiten lord Alanbrooke, Guy Mountfort y George Shannon. Se unen al grupo dos auténticas eminencias: Julian Huxley, hermano del escritor Aldous, profesor de Oxford, primer director general de la Unesco, promotor de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, y mentor de Konrad Lorenz; y Max Nicholson, director de la Nature Conservancy of Great Britain. Y tres ornitólogos: Philip Hollom, Toni Miller y John Raines.

TODO ERA NUEVO Y SALVAJE

En el libro que escribí para la Fundación J.M. Lara, ‘Doñana, todo era nuevo y salvaje’, se narra así, como siempre a partir de hechos y personas reales, una jornada de este grupo en Doñana:

«Ingenio y temple, entre otras virtudes, son necesarios para montar la torre de 10 metros de altura desde la que se filmará a un nido con pollos de milano real. No hay otros utensilios que troncos de eucaliptos y cajas de jerez para ingeniárselas, pero Chico y Menegildo, desde esas jornadas apodado the monkey por su desprecio del vértigo y de la ley de la gravedad, no requieren más. Menegildo marinea por los postes, que los ingleses aguantan desde el suelo, y así va amarrando los transversales piso a piso.

Para no ahuyentar a los animales se faena solamente una hora cada mañana. Cinco días después la torre aparece lista, coronada con un hide verde. Y, en la primera jornada, el fotógrafo Eric Hosking tiene suficiente para exclamar a la salida, congestionado por el calor de las nueve horas pasadas dentro, y a la vez radiante de felicidad:

–     Simplemente fabuloso.

Ha tomado imágenes que quedarán como de las mejores de su prolífica carrera. Por supuesto, se aprestan a brindar con jerez por el éxito. Todos menos el protagonista, estricto abstemio.

–     Estimado colega, no sé para qué te esfuerzas tanto si luego no puedes regalarte esta celebración -apunta Parrinder mirando el vaso al trasluz.

No menos laborioso resulta, días después en ese caluroso mayo, hacer fotografías de buitres. Roger Peterson, la otra estrella de la fotografía, recorre la marisma buscando vacas muertas adecuadas para hacer guardia. Por fin halla una no lejos de Martinazo –la zona donde se unen marisma y cotos–, pero el artista la prefiere junto a un alcornoque, también muerto, donde espera que se posen las carroñeras para completar el encuadre con ambiente tenebroso, explica a Antonio Chico con un pañuelo en boca y nariz.

El cadáver se traslada arrastrado por un tractor, y goteando sudor empiezan la espera. El primer día, para nada. Al siguiente, turno de Shannon y Jamieson, también sin resultado.

Abandonan desilusionados, pero Chico aparece una mañana incitándoles a probar con otro ciervo muerto, al que están llegando buitres. En efecto, el guarda da en el clavo. No pasa mucho hasta que pueden hacer la fotografía que más repercusión tendría de la expedición: por primera vez retratados juntos buitres leonados, alimoches y el muy raro buitre negro.

En atención al abstemio, se celebra este éxito con una sobria excursión a veta la Arena, paraje que emerge como una isla en el centro de la marisma cuando se anega. El grupo se traslada a la manera tradicional, en cajones amarrados a la cola de caballos. Allá espera la familia Espinar, matrimonio y tres hijos, que habita una fresca choza que ha sido acicalada con esmero ante visita de tanta alcurnia. La choza luce incluso más limpia que de costumbre, y de la puerta cuelga un hermoso traje típico, cosido por la misma señora.

El grupo, tras acabar el almuerzo que ha traído de Palacio, se sienta a oír las habilidades como pitero de Espinar. Con flauta y tamboril marca el baile por sevillanas de sus dos hijas. En medio de aquella gigantesca y brillante soledad de la marisma inundada, la música primitiva de tambor y flauta emociona a los ingleses. Hosking promete a la familia que le enviará las imágenes. Lo cumplirá».

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Peterson fotografiado por otra leyenda: Eric Hosking.

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