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Los que no se ven

Unos correlimos buscan su pesca en la zona inter mareal. Foto: José María Pérez de Ayala.

La pesca nunca ha sido relevante dentro de Doñana, en sus marismas y lucios. El agua, que va y viene de ellos según la estación, no genera un ambiente propicio para acoger una fauna piscícola digna del esfuerzo de ser capturada. Y luego comida, que es la pragmática relación con el animal que durante siglos tuvo el hombre. Otra cosa son los caños que conectan con el vecino cauce del Guadalquivir, pero en el río existen problemas preocupantes, incluso obviando ese empeño sevillano del dragado.

Por ese motivo, y porque son animales fuera del alcalce del observador amateur ya que no son visibles normalmente, nadie piensa en peces cuando suena la palabra Doñana.

La pesca se limitaba a los caños que desembocaban en el Guadalquivir, con capturas fundamentalmente de albures. En el mar el panorama cambiaba. La almadraba de atún frente a Torre Carbonero se mantuvo medio siglo. Existe un plano de 1743 sobre la instalación de una almadraba, que no consistía en el laberinto de redes fijas del Estrecho.

Desde época feno-púnica y hasta los ss. XVIII y XIX utilizaban grandes artes de arrastre desde la playa (sedales y cinta), con embarcaciones móviles que interceptaban el paso de los cardúmenes y los embolsaban y arrastraban hacia la playa.

También ha sido habitual las jábegas, el sistema que permitía extender en círculo una red gracias a una barca, para que los jabegotes tirasen desde la playa por sus dos extremos. En esta operación todos ayudaban más o menos, desde niños a ancianas. El Portugués fue un personaje mitológico y temido en esto del negocio del pescado en las playas de Doñana.

Captura de coquinas en la playa de Doñana. Foto: José María Pérez de Ayala.

Las coquinas son hoy el único aprovechamiento pesquero permitido dentro del parque. Desde siempre, quienes sacan este bivalvo de la rompiente son hombres de Pilas, como quienes levantaban los chozos de madera para el veraneo.

Antaño también se pescaba en gran cantidad la anguila. Se llegaron a exportar a Italia, hasta 20.000 kilos da en una temporada el caño de la Figuerola, a 13 pesetas el kilo. Por la parte de Isla Mayor un centenar de italianos se desplaza a los canales, para capturarlas y enviarlas vivas al norte de Italia. La anguila hoy está casi desaparecida.

Los candidatos al desastre de desaparecer son cinco. Tres se hallan al borde de la extinción dentro del Parque Nacional de Doñana (barbo, cacho y salinete) y dos (lamprea marina y saboga) en las aguas vecinas.

Una barca de vela de golondrina en un caño de la marisma. Foto: Paisajes de Andalucía.

El experto en peces Carlos Fernández Delgado es la mejor referencia para adentrarse en las aguas del vecino estuario:

“Pocas áreas andaluzas, incluídas las terrestres, reúnen tanta diversidad de especies y procesos como los últimos kilómetros del Bajo Guadalquivir, uno de los puntos calientes de biodiversidad acuática en Andalucía. Muchas de estas especies poseen un elevado valor comercial al ser objeto de pesca en el Golfo de Cádiz. Así, cada año, antes de ingresar en los caladeros, juveniles, muy diversas especies visitan el bajo Guadalquivir: boquerón, sardina, baila, corvina, lenguados, langostino…

Hay dos especies extintas, esturión y sábalo, y otras dos, lamprea marina y saboga (Alosa fallax), en peligro crítico.  Las especies sedentarias poseen igualmente un estado de conservación muy pobre. Una, el espinoso, se ha extinguido; dos, el cacho y el salinete, recientemente descrito como nueva especie, están al borde de la extinción. A ellas habría que añadir la exigua población de barbos del Arroyo de la Rocina, muy amenazada por las especies exóticas allí establecidas y aislada de otra población, más numerosa, existente en el cauce principal del Guadalquivir. La colmilleja es algo más abundante».

Mientras que los autóctonos lo pasan regular, los exóticos llegaron para quedarse.

«Los primeros en aparecer fueron, probablemente, la carpa y el pez rojo, originarios de Europa oriental y Asia, que bien pudieron colonizar la zona de forma natural en el siglo XIX. En 1921 apareció la gambusia, traída de Estados Unidos para combatir el paludismo; y en la década de 1970, también procedente de Norteamérica, se introdujo el blacbás en el Arroyo de la Rocina y el fúndulo en las Marismas. La última especie americana en llegar a Doñana ha sido el pez sol, que colonizó sus aguas durante los lluviosos años de 1996 y 1997. Todos los citados son de agua dulce o, como mucho, estuárica».

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La playa es lugar frecuente de varamiento de cetáceos. En este caso un cachalote en los años 30. Foto: Banco de Imágenes del CSIC.

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