La playa pierde su virginidad – Doñana 50
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La playa pierde su virginidad

La playa virgen del espacio natural de Doñana. Foto: José María Pérez de Ayala.

Cuando se dice Matalascañas suenan músicas diferentes según quien oiga tan extraña palabra. Desde paraíso veraniego de la infancia (y adultez), a imperdonable atentado contra Doñana, o centro de las vacaciones del ‘miarmismo’. El nacimiento de la macro urbanización de Matalascañas se puede considerar inevitable. Ya acogía a veraneantes desde principios del siglo XX, cuando los habitantes de, al menos, medio pelo económico de los pueblos del entorno se pagaban un veraneo de uno o dos meses en las chozas de madera y hierbas que les construían hombres de Pilas, en la misma arena.

Hotel Tierra y Mar y, detrás, el Aremar, en una Matalascañas en plena construcción.

El núcleo turístico que parte en dos al parque de Doñana a lo largo de 5 kilómetros de litoral empieza a fraguarse cuando la familia González Gordon -los bodegueros de González Byass- venden parte de la playa. Casi a la vez, por cierto, se desprenden, junto a otros dos propietarios, de las 6.700 hectáreas que darían lugar en 1963 a la Reserva Biológica de Doñana, inicio de la protección del coto de caza.

La aparente contradicción protección/desarrollismo de estos señores no es tal a inicios de los sesenta. La idea en mente para la playa en aquellos años se encaminaba más hacia un resort (como diríamos hoy) de lujo que a la multitudinaria ‘playa de Sevilla’ en que derivó. Y, además, el impacto de un turismo de masas sobre el medio ambiente estaba por evaluar, pues aún no había ocurrido tal cosa en España.

En septiembre de 1961, la prensa sevillana anuncia en portada: «Autoridades y personalidades sevillanas se trasladaron ayer a Matalascañas, en la fraterna provincia onubense, para estudiar las posibilidades de acceso por carretera». El objetivo no se oculta: «podrá ofrecer en un futuro más o menos próximo una playa a 70 kilómetros de Sevilla».

Año 1961. Antonio Halcón, conde de Halcón, recorre en charré Matalascañas con otras autoridades sevillanas en busca de negocio.

La comitiva la encabeza en tres veces alcalde de Sevilla Antonio Halcón, conde de Halcón, e impulsor de la Exposición del 29, el parque de María Luisa, el barrio de Santa Cruz… En la misma crónica periodística de 1961 ya se avanza que varios inversores extranjeros –de capital alemán, francés y suizo– han comprado a los dueños de Coto Palacio parte de la playa. Construirán «zonas de gran lujo, hoteles, bungalows, chalets y viviendas asequibles a todas las fortunas».

En 1963 ya estaban en obras las carreteras que confluirán, desde Mazagón y El Rocío, en Torre la Higuera, y en venta las parcelas para chalets y hoteles. El presidente del Tribunal de Cuentas del Reino, Servando Fernández Vitoria, lidera el consorcio empresarial.

El escritor almonteño Juan Villa narraba así para el documental ‘El hombre que salvó el paraíso’ estos inicios:

“De entrada hay un error: Matalascañas es la denominación de una zona de la costa que no es con lo que hoy entendemos que es. Los que empiezan a construir lo llaman urbanización Playa de Mataslascañas. Pero lo hacen en una zona que se llama Torre la Higuera, colá de la Higuera, la Higuerita… Había muchas nominaciones. En esta playa, que yo la recuerdo de mi niñez totalmente desierta, no había nada, tenía una colada que iba justamente a la piedra, a los restos de la torre.

Donde sí iba la gente a veranear era a la antigua Matalascañas, pero Matalascañas era una playa portátil. Las normativas que emitía el Ayuntamiento de Almonte para los veraneantes ponían normas de comportamiento del balneario de Matalascañas. De niño fui a veranear a aquella zona, había que atravesar Doñana: se llegaba al pinar de la parada, alli se bajaban de los camiones y, en burro, cargaban los bártulos y se atravesaba el tren de dunas. Aquello era un  mundo de clases medias de los pueblos periféricos, del Aljarafe, incluso de Sevilla venia gente. Unos veraneos largos, se vivía en chozos que hacían ex profeso en junio, túneles de ranchos, y las familias alquilaban unos metros que les iban cortando. Montabas tu comedor, habitación, detrás la cocina y delante un pozo de agua dulce, porque aunque estábamos en la misma orilla el agua llegaba filtrada de la duna.

Curiosa estampa de un estandarte, quizás rociero, en la playa. Archivo Fotográfico, Filmográfico y Sonoro Municipal de Pilas.

Y aparte de los tuneles de ranchos que acogían al común de la gente, había lugares más exquisitos, los hotelitos. Uno de un pileño, otro de uno de Almonte, y allí iba la gente a pasar unos días, quincenas. Siempre se iba tiempo, nadie pasaba el fin de semana, nadie atravesaba el coto en un burro a echar la tarde y volverse. Estos hoteles, pensiones, suponían el centro de la diversión por las noches. Había bailes, lo que llamaban las máquinas canoras, los tocadiscos de bocina, una pianola. Tambien un cura con misa los domingos. Era un pueblo portátil, un decorado, como un pueblo de zarzuela, habia carnicería, llegaban por la mañana los mulos con el pan…

A principios de los 60 aparece por aquí gente buscando mar y sol, como en todo el país, no es nada especial. Hay unas compañías extranjeras, suizas, que compran 5 kms de costa a la sociedad propietaria del Palacio, formada por tres dueños, y empiezan las obras.

La concepción primera fue una especie de urbanización de lujo, con vallas durante mucho tiempo, no se podía entrar, sólo los propietarios, pero se fue popularizando y derivó a la playa de Sevilla. El proyecto inicial se rompe y nacen edificios en cada parcela; en vez de un chalet, hacen media docena, aquello se llena de gente y termina siendo una agresión importante.

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Si miramos el mapa se ubica en el peor de los sitios posibles, en todo el centro y, además, en una situación difícilmente erradicable a estas alturas. Es la playa de una gran ciudad sin nada que ver en principio con lo planteado en sus orígenes, muy poca gente. Es una lástima que esté ahi es marca, pero a estas alturas es inevitable”, termina Juan Villa sus reflexiones.

Esta gacetilla permite entender al lector en qué tiempo estamos todavía en España. En 1964, emerge cierta polémica en la prensa porque el Ayuntamiento de Chipiona ha decidido llamar la atención a unas señoritas, «casi siempre extranjeras», que usaban bikini. El diario Abc añade una nota editorial: «No puede, no debe, haber una moral para Sitges, otra para Torremolinos y otra para Matalascañas; el criterio moral debe ser el mismo». Nos quedamos con las ganas de que el rotativo católico revele cuál es el suyo. Aunque resulta imaginable.

En 1965, el Consejo de Ministros denomina oficialmente Costa de la Luz a las playas de Huelva y Cádiz, y en 1968 la urbanización es catalogada como Centro de Interés Turístico Nacional. En 1969, el Consejo de Ministros declara a Doñana parque nacional, con la playa, menos el tramo de Matalascañas. Se inicia una convivencia a la fuerza.

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En esta zona, para desgracia de veraneantes y Ayuntamiento, la costa está en continuo retranqueo, mientras que ya cerca de Sanlúcar va avanzando hacia el mar. La prueba es la situación de la torre, por supuesto construida en su día sobre tierra. Foto: Huelvaya.es



Comments

  • Damián
    REPLY

    Genial por la historiografia de los 60…

    28 julio, 2019
  • Ramón Soto
    REPLY

    Detrás del Hotel Tierramar, aparece el Hotel Aremar, no el Hotel Fidalgo.

    4 agosto, 2019

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