20 pesetas por cada lince muerto – Doñana 50
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20 pesetas por cada lince muerto

(Fotografía de José María Pérez de Ayala)

Hubo un tiempo en España, prolongado tiempo, en el cual los animales ‘malos’ que se comían a los que, a su vez, los humanos comían (como conejos o patos), se llamaban de forma general ‘alimañas’. La palabra lo dice todo. Y como eran alimañas pues matarlas no sólo estaba bien visto, sino que incluso se pagaba dinero contante a quienes los abatían.

De esta forma, lo propio al cruzarse con un lince era pegarle un tiro, o rematarlo si estaba atrapado en un cepo o un dogal de alambre. Tras ello, y con el rabo como prueba, se iba al cuartel de la Guardia Civil para tramitar el abono de lo estipulado por el gobierno, que en el caso del lince era entre 15 y 20 pesetas. Pepe Boixo, uno de los míticos guardas de Doñana, me comentaba que él había matado mucho lince; incluso una vez una camada con 3 ó 4 cachorros, que sacó de un alcornoque y golpeó en sus cabezas «con una vierga». Eso sí, estupefactos lectores, al día siguiente del cambio de patrón en Doñana (es decir, cuando ya no fue el señor marqués, sino el Ministerio) procedió a vigilar y multar a todo aquél que se atreviera a tal cosa.

Por los milanos, 5 pesetas; por las águilas, 10

El pago por alimaña muerta variaba. Por las urracas dan 2 pesetas; por los milanos, 5; por las águilas, 10. El lince era el objetivo, pues además de las pesetas, si te quedabas con la piel la vendías asimismo por igual importe. O te hacías una zamarra.

La muerte de las presuntas alimañas, que incluía a los zorros, se extendería luego con el uso de veneno. Esta práctica, de las mayores animaladas sufridas por la naturaleza española, además de poner en riesgo de muerte a personas, mataba todo lo que iba apareciendo por el cebo tóxico. Así, por ejemplo, desaparecieron los majestuosos quebrantahuesos de Andalucía, recuperados hace unos 15 años tras un intenso y excelente trabajo en Cazorla.

Hoy no existen alimañas. Bien sabemos que todo animal es imprescindible. El caso de las abejas, tan temidas por algunos, es un buen ejemplo de cómo un ‘bicho’ en el que sólo se reparaba para aplastarlo puede hacer temer la desaparición de especies vitales para agricultores que las cultivan, o personas que las ingieren.

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Manual para cazar a ‘los animales dañinos’.

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