Los ingleses vienen a explorar – Doñana 50
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Los ingleses vienen a explorar

(La señora Alabrooke pasa ante el personal de servicio del Palacio de Doñana en 1957. Foto Banco de Imágenes CSIC)

Como si fueran exploradores blancos en África (y en realidad algo había de esto), un grupo de eminencias europeas de altísimo nivel en lo ornitológico y en lo social, e incluso político, llegan a a Doñana en 1957. Este grupo, al que se ha llamado para la historia la Doñana Expedition, recorrió el espacio junto a José Antonio Valverde, y acogidos por Mauricio González Gordon.

Gracias a ellos, en toda Europa se fue propagando que estaba en peligro el santuario de las aves que ellos admiraban y estudiaban cuando volaban a sus países.

En el libro ‘Doñana, todo era nuevo y salvaje‘ (Fundación José Manuel Lara), del que soy autor, se recoge así el inicio de la aventura en su primera fase, la primera de las dos ‘Doñana Expedition’, previa a la de 1957:

«El aspecto que ofrece el grupo presto a embarcar en el vuelo de Londres a Gibraltar no puede ser más chocante. Una docena de personas con todo tipo de cámaras, tomavistas, telescopios y otros utensilios, al cuello y al hombro, espera para tomar el avión de la compañía Viscount. A su lado, un auténtico montículo de equipaje. La segunda expedición a Doñana no va a ser una excursión, como cuatro años atrás. El equipo, tanto de material como humano, la convierte en una auténtica embajada científica que tendrá segura repercusión en todo el mundo, pues la mitad de ellos son fotógrafos, cameramen o divulgadores en medios de comunicación.

Mauricio manda un autobús al aeropuerto de Gibraltar

Mauricio se encarga de enviar un autobús a pie de pista –con el cartel ‘Doñana Expedition’ que los bautiza para la historia– y de recibirlos en su casa de Jerez copa en mano, con efusivos abrazos a los únicos dos que repiten: Guy Mountfort y Roger Peterson.

Al día siguiente el bodeguero y naturalista dispone en el muelle de la Plancha más libaciones, previas a la marcha al Palacio en mula y caballo, para sorpresa de los nuevos, que empiezan a creer que en esta tierra le ponen a uno un fino en la mano a cada pausa. El caldo resulta a la postre una gran idea, pues una intensa lluvia abrileña acompaña a la reata hasta que, bien de noche, llegan al Palacio exhaustos y con frío después de un viaje iniciado veinticuatro horas antes en Londres.

Cuando amanece, los nuevos se asoman con curiosidad para contemplar con luz el paisaje. Entre ellos destacan Alan Francis Brooke –lord Alanbrooke– ornitólogo, mariscal y oficial condecorado tanto en la Primera Guerra Mundial, como sobre todo en la Segunda, cuando fue general jefe del Alto Estado Mayor inglés y ‘brazo derecho’ de Churchill; y el legendario fotógrafo londinense de naturaleza Eric Hosking. Junto a estas eminencias, el ornitólogo, muy conocido por su papel de divulgador en la BBC radio, James Fisher; el editor de la revista ‘British Birds’, James Ferguson-Lees; y John Parrinder, Jerry Jamieson y George Shannon.

Al franquear el portalón del ala de los Gordon en el Palacio, y mirar hacia el infinito lucio de enfrente, el elenco de estrellas de la ornitología asimila el espectáculo que se les ofrece. El chaparrón ha limpiado con esmero cielo y ánimo, y el sonido de cada pájaro llega nítido. Guy Mountfort, con su conocida capacidad de descripción, va tomando notas.

“Los estorninos negros silban como zagales, del eucalipto llega el sibilante canto de un mosquitero papialbo y el contralto de una oropéndola, el avetoro emite su nota alta y profunda, los fumareles dan gritos roncos”.

Aunque el más reconocido don del francés es el dominio de las onomatopeyas de los gorjeos.

La calandria emite un nasal clitr; el raspante owk-owk es de la imperial; la grajilla ckak-chak, y el ruiseñor chewí-chewiú

“El buitrón, emite un tenue tzip, tzip; la cogujada, tui-ti-tu;  la calandria, un nasal clitr; la terrera común, chi-chirrup; la terrera marismeña, prrit; el saludo de las garcetas es uala-uala-uala; el raspante owk, owk, owk pertenece al águila imperial; el águila culebrera emite un miu-ok; la grajilla, chak-chak; el ruiseñor bastardo chewí-chewiú”.

El trabajo del grupo, aun con la ayuda en el campo del guarda mayor Antonio Chico, no tiene pausa ni reloj. Esto casi literalmente, pues el único que hay en Palacio lo han traído en su equipaje los ingleses, de forma que cada noche un expedicionario se lo queda para despertar al resto del equipo.

El guarda mayor Antonio Chico filtra con pragmatismo los planes del día siguiente

El día empieza en realidad la tarde antes, cuando tras repasar las notas y observaciones de la jornada, y leer entre bromas las nuevas onomatopeyas de Guy, se prepara el siguiente. Las previsiones teóricas pasan luego dos filtros: la opinión del jefe Mountfort –der Fuhrer, como lo apoda irreverente Fisher–, y el visto bueno final de Chico, quien informa de las monturas disponibles y otros avatares logísticos, nada menores a la hora de echarse semejante tropa al campo.

Chico nunca ha cambiado la cara por más que el grupo le solicite imposibles para actividades objetivamente extravagantes. Cosa diferente es Pepe Menegildo y el resto de guardas que, por completo desconocedores del nivel de esos individuos que se esconden durante horas en tiendas de campaña a la solana para mirar pájaros, rompen a carcajadas, incapaces ya de contenerse, cuando los ven inspeccionar con esmero las egragópilas caídas de los nidos de águilas. O sea, las bolas con los restos que vomitan.

Los hides –pequeñas tiendas de campaña– donde guarecerse a tomar fotos suman una decena, esparcidos según el plan del día. Pronto descubren que la multitud de vacas y caballos que pastan por la marisma, pisando la aún mayor cantidad de nidos rastreros, tiene querencia por esas tiendas de campaña a la hora de rascarse el lomo. Mounfort, en el cerrado de la marisma de Hinojos, comprueba cómo su sistema de cercar el hide con unos espinos no sirve para nada, ya que los pinchos aumentan el atractivo de la loneta.

Un toro berrendo en negro se acerca al hide

En realidad, el hide resulta providencial, pues cuando se asoma dispuesto a pegar unos gritos al ungulado que de nuevo le desmonta el escondite, comprueba que se trata de un toro berrendo en negro de porte colosal, de forma que vuelve a agazaparse en su tiendecita de lona rezando sin decir ni mu para que la cosa no pase de rascada a cornada.

En el Palacio no hay grandes comodidades. El aseo se efectúa con tinaja de agua y estropajo. Sólo disponen de un baño y se reserva con preferencia para las señoras, lady Alanbrooke y Mariegold, que comparten expedición con la principal tarea de remendar hides. En tareas de higiene estaban los hombres –advertidas las muchachas de Palacio, Carmelita, Antonia, Rocío y María, de que no se asomaran por allí–, cuando Mountfort cuenta su anécdota con el morlaco.

–Pues hago notar que nuestro querido Fisher ha hecho hoy una milla de más a pie para evitar un toro, por más que le hemos dicho y repetido que no son bravos los que pacen en esta finca –tercia con impávida guasa Parrinder.

–Estimado colega, en ese momento pensé, ‘yo sé que no es peligroso, los guardas saben que no es peligroso, el listo de Parrinder sabe que no es peligroso, pero ¿lo sabrá el toro?’, y decidí dar el rodeo –explica Fisher con todo el amor propio que permite estar ocupado en quitarse garrapatas, que han saltado de un jaguarzo a su ropa y hasta a su piel, antes de pasar a la fase de enjabonado».

La segunda Expedition eleva el nivel incluso

Ya en 1957 se repite, con unos expedicionarios que elevaron incluso el nivel de sus precedentes. Repiten lord Alanbrooke, Guy Mountfort y George Shannon. Una de las novedades es Tono Valverde, recomendado tanto por Mauricio González-Gordon como por François Bourliere en calidad de solvente pajarero, especialista en reptiles y buen conocedor del lugar. Se unen al grupo, además de tres ornitólogos –Philip Hollom, Toni Miller y John Raines– dos auténticas eminencias: Julian Huxley, hermano del escritor Aldous, profesor de Oxford, primer director general de la Unesco, promotor de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, y mentor de Konrad Lorenz; y Max Nicholson, director de la Nature Conservancy of Great Britain.

Casi nada. Así fueron los inicios de la Doñana en su proyección internacional, al máximo nivel.

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