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El bosque malo

Pinar en Doñana. Fotografía: José María Pérez de Ayala.

En Huelva existe una larga historia de activismo ecologista. Tanto es así que se remonta al siglo XIX. En concreto al año 1888, el año de los tiros, cuando una protesta popular por el ácido sulfúrico de la mina de Riotinto, que quemaba los pulmones y las cosechas, acabó en represión con muertos ordenada por el gobernador. Un hecho cruel e impactante que narra Rafael Moreno en un libro imprescindible.

En 1953 se produce otro hito, menos luctuoso, no menos curioso, en la lucha por la conservación, en este caso de la naturaleza de Doñana. Ese año visita el general Franco el coto, y allí comprueba cómo avanza el eucalipto, árbol apoyado por su alto rendimiento maderero. Los dueños, los vinateros González Gordon, no quieren esa repoblación, y poco después enviarán al jefe de Gobierno un documento que quizás sea el primer texto de reivindicación ecológica de Andalucía. Abajo tienen algunas de sus páginas.

Tal atrevimiento lo motivó la gran afición cazadora del general golpista. Dada la nula presencia de fauna cinegética en un bosque de eucaliptos, los González y sus amigos pajareros imaginaron que podrían convencerlo con ese argumento, y para ello elaboraron un hermoso texto, a veces poético, con fotos.

El dossier, que finalmente no tendría mucho efecto, lo escribió Francisco Bernis, luego primer presidente de la Sociedad Española de Ornitología, con ayuda de José Antonio Valverde. El envío a El Pardo sí fue cosa del relevante empresario Manuel María González Gordon, dueño de parte del Coto y de González Byass.
Franco se había desplazado a Huelva para conocer los trabajos de repoblación, acompañado por Gaspar de la Lama, ingeniero forestal al mando de la zona. Se extendían ya por 31.000 hectáreas, sobre las que se habían plantado 10 millones de eucaliptos y 45 millones de pinos, con la declarada intención de convertir unos terrenos arenosos y de marismas en una zona de alto ‘valor’ forestal.

Las crónicas del régimen, que eran entonces todas, ensalzaban el valor social de la iniciativa, debido al millar de puestos de trabajos creados y una iniciativa que «rentaría un mínimo de treinta millones de pesetas».

El eucalipto llega con los ingleses en el siglo XIX

La historia del eucalipto en Huelva es anterior. Las primeras introducciones del árbol australiano en  la provincia se deben a la presencia  inglesa, cuya actividad minera utilizó la madera  de estos árboles para fabricar vigas y traviesas en  la mina de Riotinto y otros yacimientos de la  cuenca minera. En 1878 todas las estaciones de la  vía férrea de las minas de Riotinto estaban llenas  de cultivos de eucaliptos. A  partir de este año existen referencias de su cultivo en los términos municipales de Huelva, Gibraleón, Valverde, La Palma, Escacena y Almonte.

Mapa de la presencia del eucalipto en Huelva en 1948.

En la primera mitad del siglo XX se promulgan leyes encaminadas a potenciar las repoblaciones forestales para paliar las materias primas deficitarias. En la década de los años 30 la compañía holandesa Sociedad Forestal de Villarejos (N.V. Handelsmaatscharppij Ibérica), de procedencia indonesia, realiza una serie de parcelas experimentales con diversas especies exóticas y eucaliptos dentro del Espacio Natural Doñana. Al mando está el ingeniero forestal holandés Thomas F. Burgers.

Es el origen de algunos poblados forestales de Almonte y Moguer. Se trata de Cabezudos, Acebuche, Abalario, Alamillo, La Mediana, Bodegones, Rocina, Bayo… donde se alojan miles de braceros a veces con su familia para ir reforestando a un ritmo que alcanzó más de 3.000 hectáreas anuales. Son enclaves de tremenda humildad, donde incluso hallan cobijo los que tienen miedo de represalias propias de la posguerra. Esta historia, o historias, ha encontrado narrador para la posteridad en Juan Villa, el escritor almonteño, imprescindible para que no se olvide una época en aquellas comarcas.

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TODO ERA NUEVO Y SALVAJE

En el libro ‘Doñana, todo era nuevo y salvaje’, se describe el paisaje que marcan los pooblados forestales de la posguerra:

«Mientras tanto, al oeste de la misma banda litoral, el recién creado Patrimonio Forestal empieza la tarea planeada hace años para cambiar la faz de la comarca, adquiriendo miles de hectáreas, hasta 25.000 acumularía, por Almonte y Moguer. Pinos primero, y luego eucaliptos, siembran el paisaje para producir madera, que ahora debe importarse, con la que elaborar traviesas o postes.

Cientos de hombres llegan a los míseros poblados que nacen espontáneamente entre el sotobosque abundante en linces, milanos y todo tipo de insectos. Cabezudos, Abalario, Bodegones, se llenan de vencidos de la guerra con miedo de volver al pueblo, de vencedores sin nadie que les espere en casa, salvo la tiña y el hambre, y muchos otros en busca sencillamente de una comida diaria.

Los varios poblados forestales surgidos en los alrededores de Almonte y Moguer van acogiendo trabajadores que, como un ejército, plantan sin pausa pino y eucalipto. Se trata del primer operativo de envergadura del Patrimonio Forestal del Estado, creado poco antes de la guerra, y que ahora pretende convertir a esas tierras en la gran fábrica de madera del sur.

El trabajo consiste en rozar el monte con azadones y hachas, quemarlo, ararlo con mulos y luego tirar el piñón a voleo. El eucalipto es más fatigoso. Tras el arado debe marquillearse el terreno, marcando puntos con cuatro metros de distancia donde irán los árboles que trasplantan del vivero con una cuarta de alto.

Nadie puede imaginar la dureza del trabajo forestal hasta que lo conoce. El arranque de las plantas espinosas y los arbustos, con sus poderosas raíces que buscan agua muy debajo de las arenas, se ejecuta asumiendo que un enjambre de pulgas, chinches y piojos se montarán en el cuerpo. Los bichos agradecen una inesperada piel sin pelo y empapada de sudor, brillante por la tremenda humedad de aquel bosque litoral. En verano siguen sudando de noche, amontonados en chambaos, porque avanzan con el tajo y a veces se alejan en exceso para volver al poblado al final de la jornada. Toca dormir encima de paja mohosa y entre sacos de abono de olor ácido.

En invierno todo el campo se convierte en un fangal cuando lo despejan de su cobertura, un  mar de barro tan desalentador como el del arrozal. No  existe enfermedad que no tenga cobijo en aquellas condiciones. Las pastillas de quinina para el paludismo no palian la tiña o la tuberculosis. Aún así hombres, a veces familias, siguen llegando en busca de dos comidas diarias.

Más allá, en la marisma, se está construyendo Entremuros, un dique de dos metros de altura a lo largo de kilómetros para proteger las tierras de laboreo de las avenidas del Guadiamar. Una auténtica montaña en aquella planicie infinita.

Dos ejércitos de hombres luchando contra natura. Unos cambiándole la piel vegetal a una comarca, otros desviando el curso de las aguas que desde siempre empaparon la Doñana marismeña».

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