«Nunca he vuelto a vivir algo así» – Doñana 50
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«Nunca he vuelto a vivir algo así»

Dos cachorros de lince. Foto: José María Pérez de Ayala.

Jesús Casas vino a dirigir Doñana en 1986, y permaneció nueve años. Años cruciales, que le cambiaron como persona, y en los que Doñana -de nuevo- se jugó nada menos que su existencia, al menos como la conocemos hoy. Hoy es el presidente de Tragsa, pero revela su seguridad de que sus últimas imágenes en esta vida serán algunas de las vistas en Doñana.

Esta entrevista, amigos, amigas, debéis leerla, no lo digo por decir. Un apunte para entender los tiempos de los que habla. Cuenta Jesús: «Recuerdo a una diputada enfadadísima por que no fijáramos las dunas móviles costeras acentuando con ello el grave problema de desertización que tenía España. Recuerdo a aquel bienintencionado ambientalista que nos insistía, una y otra vez, en mantener la marisma llena de agua incluso artificialmente mediante sondeos o como fuera (la aproximación a la bañera) porque “aquello era lo que  venía mejor a los pájaros”, al margen de la propia dinámica natural de los ecosistemas. Recuerdo también al Rey de Bélgica y su familia rezando un rosario en el Cerro de los Ánsares dado que, sin duda, ese lugar estaba lejos de cualquier mal y  muy próximo a Dios. Recuerdo que el sólido argumento de que “la Virgen la habrá inspirado” fue suficiente para iniciar un proceso de consenso que permitió temporalmente desviar el camino del Rocío ante un nido de águila imperial».

Jesús Casas en Doñana ante un Mesoplodon bidens probablemente, un zifio rarísimo que apareció muerto. «Creo que no ha vuelto a aparecer uno», afirma. Foto: Archivo J. Casas.

¿Qué sabías de Doñana cuando llegaste para dirigirla en 1986? Era mi segundo destino como funcionario público después de pasar por el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel. Sabía mucho y poco. Pensaba que sabía todo y, en realidad, no sabía prácticamente nada. Conocía el espacio, su relevancia y su importancia. Sabía que estaba ante uno de los espacios naturales más importantes del mundo, pero ahora, con la perspectiva del tiempo, soy consciente de lo poco que sabía  de lo que allí me iba a encontrar.

Siempre me he considerado un gestor de espacios naturales, se supone que era lo que podría saber hacer, pero nunca podría llegar a imaginar la intrincada complejidad que atesoraba el paraje. Aquello podría ser refugio de “todo” desde el punto de vista ambiental, pero también lo era en cuanto a complejidad de gestión. Doñana ofrecía un completo compendio de cuantas situaciones, conflictos, contextos, y coyunturas se le puede presentar a un gestor ambiental. Doñana a mediados de los ochenta era un campo de juego abierto en donde se libraba la definitiva partida entre su conservación, más o menos incólume, o su transformación desnaturalizadora. Hasta esa fecha podría haber sido un lugar atávico, aislado y perdido en la memoria, pero esa situación había cambiado definitivamente, y ya no había margen.

Ahora, con la perspectiva del tiempo, soy consciente de que aquellos años, sin saberlo, eran cruciales. Fuero cruciales para el espacio y, para qué negarlo, fueron cruciales para mí en mis construcción personal. La persona que abandono Doñana una década después, a finales del año 1995, poco tenía que ver con el jovenzuelo que se atrevió a aventurarse por sus arenales. Obviamente he tenido otros destinos funcionariales a lo largo de más de treinta años, pero nunca, nunca, he vuelto a experimentar una sensación parecida.

Casas (segundo por la izquierda) con los cuatro directores que hasta ese momento había tenido el parque: José Antonio Valverde (tercero por la izquierda), Gumersindo Borrego, y Ramón Coronado. Foto: Archivo J. Casas

¿Qué herencia recibías? Recibí un vasto espacio protegido declarado por una ley que, sinceramente, creo que ha sido la mejor ley declarativa de parque nacional que nunca se haya aprobado. Recibí un espacio ambientalmente lleno, pero administrativamente vacío, una realidad desorganizada aunque pujante. Un campo abonado para hacer gestión. Recibí la sensación de que todo estaba por hacer, y que había una oportunidad para hacerlo. Y recibí un espacio en donde todavía había mucho por hacer, y en donde había mucho margen para hacerlo. Era un mundo aún sencillo, la burocracia estaba reducida al mínimo, gestionábamos desde el parque y disponíamos de una autonomía que probablemente nunca se ha vuelto a tener. Éramos jóvenes, y teníamos recursos, capacidad, libertad, y ganas de hacer. Queríamos construir un auténtico parque nacional, y creo, modestamente, que lo logramos.

Mi tiempo fue el de transformar el antiguo coto de caza en un espacio protegido, con sus luces y con sus sombras. Y aunque es verdad que la nostalgia siempre es clemente, y el recuerdo almibara de conformidad lo que tal vez no era tal dulce, creo que era necesario hacer lo que hicimos. Doñana necesitaba ser algo más que una evidencia emocional o un sentimiento atávico condensado en un paisaje. Eso era. Eso me encontré.

Pero tratar de preservarlo, en un contexto amenazado y claramente volcado a la transformación suponía organizar la gestión, aunar voluntades, crear equipos, difuminar mística y sembrar burocracia. Había que organizar cosas. Puede que el resultado sea más aburrido, y puede que encierre errores, pero ha permitido que el parque sobreviva cuarenta años y que se convierta en el referente de la organización del territorio.

Acaba una reunión del Patronato en el palacio del Acebrón. Casas (con barba) charla con Mauricio Gonzalez Gordon. Cerca se ve a Eduardo Crespo, y Alfonso Guerra atienda a un periodista. Foto: Archivo J. Casas.

¿Cuál era la prioridad en aquel momento? A mediados de los ochenta no creo que nadie se sorprenda si afirmo que los conservacionistas a los que se nos encomendó gestionar el parque nacional solo teníamos una prioridad: su conservación lo más incólume posible. En eso no quiero caer en el error de lo políticamente correcto, no pretendo engañar; queríamos conservar el espacio y había una ley, que sigue siendo la ley de declaración del parque nacional y que en mi opinión es una gran ley, que teníamos que aplicar. El contacto con la realidad, el pragmatismo para con lo esencial, y la evidencia de que conservar es hacer amigos y aliados, nos amalgamó y nos remodeló, pero no debemos, insisto, engañarnos; las personas encargadas de conservar el espacio queríamos simplemente conservarlo lo más incólume posible.

¿Algunos de los problemas de fondo del 82 de fondo (relaciones con el entorno, aprovechamientos…) se han resuelto? En realidad lo que se ha vivido es un proceso de razonable acomodación. Algo que tiene toda la lógica y del que debemos sentirnos orgullosos. A principios de los años ochenta el territorio de lo que ahora se conoce como Doñana era un espacio prácticamente vacío y listo para el cambio. Un cambio muchas veces postergado, y por fin, presumiblemente posible. Un cambio del que la sociedad entendía que se depararían muchas cosas positivas. Basta leer la prensa de aquellos años para entender hasta qué punto existía una expectativa de progreso en base a la transformación territorial, en base al desarrollo turístico, a la plantación de eucaliptos, o a la puesta en cultivo. La irrupción de la conservación cambió el paradigma, obligo a repensar el territorio y supuso una cierta contradicción que ha supuesto tiempo procesar y aceptar. Hoy nadie duda de que la conservación de la biodiversidad, más allá de un argumento esencial de decencia planetaria con el futuro, no supone una merma de las capacidades de desarrollo equilibrado y ético, pero interiorizar ese concepción ha requerido su tiempo, y ese tiempo ha habido que vivirlo.

José Mª de Vayas, el guarda mayor de toda la vida, rodeado por Jesús Casas, Eduardo Crespo y Pablo Munilla. Foto: Archivo J. Casas.

¿Qué curiosidades propias de aquellos tiempos guardas en la memoria? En sí el trabajo era una pura recopilación de anécdotas y de situaciones. Era un mundo joven, teníamos a sensación de estar ajenos a muchas cosas. Nos sentíamos un poco pioneros, y un poco herederos de los primeros que hoyaron aquella tierra.

Anécdotas infinitas…. Recuerdo a una diputada enfadadísima por que no fijáramos las dunas móviles costeras acentuando con ello el grave problema de desertización que tenía España. Recuerdo a aquel bienintencionado ambientalista que nos insistía, una y otra vez, en mantener la marisma llena de agua incluso artificialmente mediante sondeos o como fuera (la aproximación a la bañera) porque “aquello era lo que  venía mejor a los pájaros”, al margen de la propia dinámica natural de los ecosistemas. Recuerdo también al Rey de Bélgica y su familia rezando un rosario en el Cerro de los Ánsares dado que, sin duda, ese lugar estaba lejos de cualquier mal y  muy próximo a Dios. Recuerdo que el sólido argumento de que “la Virgen la habrá inspirado” fue suficiente para iniciar un proceso de consenso que permitió temporalmente desviar el camino del Rocío ante un nido de águila imperial.

Era un mundo sencillo, las cosas se hablaban, se discutían y se acordaban. Nuestros planteamos eran igualmente sencillos, teníamos las ideas claras, no digo que fueran correctas o equivocadas, pero claras, eran muy claras.

¿En qué es diferente Doñana a otros parques nacionales? No es un parque evidente, sus valores están lejos de poder ser entendidos a simple vista. La espectacularidad de las montañas o de los bosques no está presente. Sus valores son complejos de sentir; la marisma es dura, el monte es hosco. Hay que explicarlo… y hay que dejarlo madurar en el corazón. No es intuitivo, es emocional, pero no es intuitivo.

Al tiempo, es un espacio situado en la proximidad de casi todo, está próximo a lugares muy transformados, no hay fronteras, no hay distancias. Es más sensible y a la par más resistente. Su apabullante importancia viene de la acumulación y de la reflexión, de verlo y de sentirlo, del paso del tiempo. Es una síntesis de casi todo. No hay tiempos de margen, no hay espacio de adaptación, no hay transiciones. Está al borde de lo más transformado pero exige la mayor protección. Es una creación cultural cuya conservación aboca a rigurosas medidas de limitación de uso, su esencia se alimenta de la contradicción. Encierra todo y a veces parece vacío. Te sientes solo en él, y estás en la más absoluta proximidad e influencia de todo lo imaginable. No es un espacio para la comparación. Es distinto a todo, aunque puedes reconocer en su interior elementos de todos.

Jesús Casas y Joaquín Almunia, ambos a la derecha, Eduardo Crespo, y Alvaro Espina, Secretario General de Empleo y marido de Rosa Conde. Foto: Archivo J. Casas.

El entorno social es muy complejo, incluso hostil, en Doñana. Mi percepción es bastante pragmática.

El territorio de Doñana fue, durante siglos, espacio limitado a la gente y a los usos. Por mucho que se idealice Doñana durante siglos fue el coto privado de determinados sectores y concretos colectivos. Eso obviamente generó, a lo largo de siglos, una sensación de cuenta pendiente, de espacio irredento en cuestión respecto de la gente que vivía más próxima. Además las dificultades técnicas para su ocupación eran inmensas,… marismas y arenales. A mediados del siglo anterior por primera vez se está en condiciones técnicas de iniciar su transformación, su puesta en uso. Es la época de los grandes proyectos que, en teoría, iban a devolver el espacio a la gente y a posibilitar su aprovechamiento económico… Y eso suponía desecar las marismas para cultivos, plantar los cotos de eucaliptos y pinos, urbanizar la franja litoral para el turismo…. Suponía la transformación radical y definitiva. Una transformación bendecida en nombre de un presunto progreso que entonces nadie ponía en cuestión…. Y aparecieron los conservacionistas, sin aparentes apoyos, y lograron cambiar la dinámica.

En ese contexto es comprensible la hostilidad

Eso no es fácil de encajar, y sobretodo, eso no es  fácil de hacer entender. La esperanza de siglos se vino abajo cuando parecía evidente que se iba a tornar en realidad. En ese contexto es comprensible la complejidad, incluso la hostilidad… Y en ese contexto es donde el esfuerzo de tiempo por alcanzar acuerdos y consensos ha sido más importante. Si se repasa con una cierta distancia emocional la perspectiva de lo que ha ocurrido en Doñana a lo largo de estos cincuenta años, la verdad es que las cosas resultan bastante lógicas y razonables de entender. No hay sorpresas, hay un proceso de reacomodo ideológico y readaptación funcional.

¿Quién presiona más allí: ecologistas, agricultores, ganaderos, alcaldes…? Supongo que habrá ido por tiempos. Mis recuerdos son de una presión importante por parte de algunos colectivos del entorno vinculados a la intención de acentuar la transformación desnaturalizadora de los terrenos colindantes con el entonces parque nacional. Pero, probablemente, no fueron las más intensas, porque probablemente las más intensas eran las más disimuladas y nunca las llegamos a percibir como tales. Teníamos conflictos puntuales, pero en la mayoría de los casos, con más o menos complejidad, se acababan encauzando con cierto reconocimiento y aceptación general.

Nosotros éramos conservacionistas, nunca lo negamos y nunca lo ocultamos. Se podía discutir nuestros planteamientos, pero no se podía decir que no fueran explícitos. Cuando la gente nos miraba a la cara sabía de qué pie cojeábamos. Desde esta perspectiva, la presión del movimiento ambiental, su demanda de una mayor exigencia, la entendíamos como lo que era, la visión de los que querían lo mismo que nosotros pero no se veían inmersos en la realidad de la gestión.

Parar ‘Costa Doñana’ no fue fácil

Parar Costa Doñana no fue fácil. Es verdad que en aquellos años no había redes sociales, pero la capacidad de movilizar oposición a la gestión del parque era muy grande y muy fácil para algunos colectivos no precisamente mal posicionados. Aunque gestionar espacios naturales no es decir no, es cierto que aprendimos a decirlo cuando hacía falta, y eso no siempre es fácil de aceptar.

Los alcaldes hacen su papel, se mueven en tiempos cortos y en proximidades limitadas, siempre tratamos de que nos aceptasen como interlocutores, que entendieran que no actuábamos de forma gratuita, que había cuestiones esenciales más allá de su horizonte próximo. Intentamos hacernos creíbles, y hacer ver que las cosas que acordábamos las íbamos a cumplir. Llegó un momento en que buscamos los acuerdos, en que concluimos que la conservación solo acabaría consolidándose en un marco de acuerdo con la gente y la actividad, y en eso había que encontrar caminos para andar juntos.

¿Hay algún sector (ecologistas, científicos, políticos, agricultores, rocieros etc) que no tenga responsabilidad en la dificultad de gestionar Doñana? Es decir ¿hay alguien que actúe con generosidad? Tiendo a pensar que los sectores son neutrales, pero las personas que los representan no siempre lo son. Yo creo que los conservacionistas siempre hemos actuado con generosidad, pero no soy objetivo y probablemente estoy equivocado. Obviamente mi prisma no es neutral. Con el paso del tiempo me he vuelto cada vez más clemente y comprensivo con las posiciones de unos y otros, la generosidad se conjuga bien cuando tu horizonte es estable, pero no siempre es tan fácil considerarla cuando sencillamente piensas que te estás jugando tu futuro. No me gusta entender el proceso de construcción territorial como un proceso de buenos y malos, o como una historia de vencedores y vencidos. En esto, para que la conservación en el tiempo se consolide, hay que convencer desde la convivencia. No hay otro camino.

Rechazo la imagen de apocalipsis que a veces se difunde

¿Qué coletilla sobre Doñana es más falsa? A mí no me gusta nada la coletilla de la “catástrofe”, del “conflicto”, o del “final anunciado”. Creo que la Doñana que vemos hoy es evidentemente distinta de la que vieron los pioneros de mediados del siglo pasado, algunas cosas han cambiado para bien, y otras no tanto,…. Pero el espacio está ahí, y ha superado muchas cosas. Doñana no vive en un estado de emergencia permanente, vive en situaciones delicadas a veces, y tiene conflictos de borde con los usos y las actividades, que se tienen que resolver y que se resuelven con más o menos elegancia o presteza. En algunos momentos incluso puede saltar la chispa. Y en no pocos nos desesperamos con la demora en acometer  decisiones. Pero de ahí a vender esa imagen de apocalipsis que a veces se difunde… hay una distancia tan grande, tan grande, como para calificarla de falsedad.

¿José Antonio Valverde es el único ‘padre’, hay otros? Valverde es sencillamente esencial, y todo lo que se diga en ese sentido es cierto. Pero sería injusto no reconocer que la construcción de algo como Doñana es un proceso plural, en donde ha intervenido mucha gente, alguna conocida y otra desconocida, alguna con nombre y otra que jamás aparecerá en los papeles. Me da pudor decir nombres, porque sería tan falto de rigor y de concreción como inexacto y sesgado, resultaría simplista y probablemente injusto. Pero hay decenas y decenas de nombres, unos con más éxito y otros con más discreción, unos que salieron en triunfo y otros en fracaso, algunos siguen en Doñana. Hay decenas y decenas de nombres que han contribuido a construir Doñana. Doñana es una construcción colectiva. Si decir Valverde resume el conjunto de todos los que han puesto alma, corazón, y vida en la construcción del espacio y en el futuro de sus horizontes, bien esta.

Lo público siempre será más imortante, digno y honesto que lo privado

¿Qué acabaste aprendiendo ‘a fuego’ tras el paso por Doñana? Aprendí a entender que no basta con tener la razón si no se dispone de la confianza. Aprendí a comprender que hay lugares que nos transcienden y que van más allá de nuestros intereses, y que eso es bueno, y debe seguir siendo así. Aprendí que lo público siempre, siempre, será más importante, más digno y más honesto que lo privado, sin demérito de lo privado. Aprendí a sentirme feliz siendo pequeño en un mundo grande, aprendí a valorar a la gente, a los acuerdos, a los consensos, y aprendí que hay cosas que pueden tener o no valor económico pero que siempre, siempre, tienen que conservar su valor ético.

Y me llevé media docena de visiones imprescindibles que, no lo dudo, serán los últimos recuerdos que me acompañen cuando se agote este mi discurrir por esto que llamamos vivir.

A Doñana la ha salvado la ley, no lo dudemos

¿El futuro de Doñana, visto lo visto, pasa por más consenso o más rigor legal? Yo creo que la ley está para cumplirla. A Doñana le ha salvado la ley, no lo dudemos, y solo con la armadura de la ley se pudo plantar cara a determinadas agresiones, bien armadas por cierto, que se cernieron sobre el espacio a lo largo de estos cincuenta años. Y un lugar tan singular como Doñana requiere rigor legal, aquí no jugamos a medias tintas.

Pero dicho esto, y poniendo encima de la mesa el imperio de la ley, la construcción de consensos es esencial. Tenemos que construir realidades tranquilas. Tenemos que formular acuerdos de convivencia, y tenemos que entender que todos, todos, aunque estemos equivocados algo de razón tendremos. Desde esa perspectiva, no creo que debamos aumentar más el rigor, debemos, asegurando el cumplimiento de la ley en su rigor actual, que estimo suficiente si así se aplica, acentuar los espacios de convivencia. Pero dicho esto, también hay que decir que se puede concertar lo que se puede concertar, y que determinadas acciones, comportamientos o usos simplemente no son aceptables, no son compatibles, y no se pueden validar ni consensuar. Y eso también hay que decirlo, y hay que decirlo claramente. Se puede hablar de todo en la búsqueda del consenso, pero no se puede aceptar todo en una conversación por aquello de encontrarlo. El consenso tiene que ser el contexto, pero no la obsesión… La obsesión tiene que ser el cumplimiento de la norma.

La cultura local vinculada a Doñana parece que ha desaparecido. Algunos culpan a prácticas iniciales desde el parque nacional, relegando a los viejos guardas y otros expertos ‘de campo’. Confieso que he dado muchas vuelta a esta cuestión. En algunas publicaciones incluso se ha llegado a atribuir al equipo del que formé parte la responsabilidad de haber finiquitado el antiguo coto de caza aristocrático para convertirlo en un espacio burocrático de funcionarios y asimilados, en donde los viejos saberes y haceres habrían quedado orillados hasta desaparecer. Creo que en este tema se cruzan dos debates, y no conviene mezclarlos.

El primer es el debate de la decadencia general de las culturas locales, los usos tradicionales, y de un modelo de gestión del territorio que ha gobernado la organización de España durante siglos. Pero esa cuestión, ahora mediáticamente muy presente con la irrupción del concepto de la “España vacía”, es algo que va mucho más allá de Doñana en tanto que, en esencia, es el arduo discurrir entre una sociedad rural a una sociedad urbana, de un modelo tradicional a un modelo tecnológico. Eso está ocurriendo en Doñana, y en el resto del medio rural español y mundial, y en eso poco ha tenido que ver el parque nacional. Estamos ante un cambio de paradigma rural más amplio de lo que creo que logramos atisbar, y hay muchas cosas que están cambiando, que van a seguir cambiando, y que dudo que podamos evitar el cambio. De las consecuencias de todo ello aún no somos del todo conscientes, y todo lo que podamos hacer para atesorar y dar sentido a los viejos saberes y haceres, a las maneras de mirarnos en el paisaje y reconocernos, bienvenido será.

Sin cometer esa parte del error, se habría perdido el todo

La segunda cuestión es todavía más matizable. Efectivamente la consolidación del modelo de parque nacional supuso, inequívocamente, el final del viejo régimen de coto aristocrático. Eso es una realidad sin paliativos. Pero, en mi opinión, el antiguo coto no hubiera sobrevivido a la transformación que se cernía sobre el espacio. Si el parque nacional no hubiera alcanzado su desarrollo, poco quedaría del vetusto y decimonónico cazadero. Creo, y en eso pretendo ser honesto, que el parque nacional conllevó un nuevo modelo, un modelo público en donde el territorio se desprivatizó, la gestión se profesionalizó, y la conservación ganó el protagonismo absoluto. Un modelo basado en la ley que, lógicamente, tuvo que instrumentalizarse y generar una burocracia para sustentarla. Creo que en ese proceso tratamos de incorporar a las voces y a los saberes presentes en el territorio, y algunos de los guardas actuales son herederos de esa tradición. Desde luego, en ningún momento pretendimos orillarlos. Pero, no nos engañemos, hoy Doñana de no ser el parque nacional que es, y como es, sencillamente no existiría nada más que en el recuerdo. Es evidente que pueden aún porfiar defensores del antiguo régimen, y entiendo que puedan añorar el anciano modelo, que no niego que aún guarde aromas de nostalgia y primorosas fotos de gestas pasadas. Pero creo que, ni era posible mantenerlo, ni estaba justificado, ni hubiera sido viable. La parte de error que pueda haber cometido en ello la acepto, en la prudente convicción de que de no haberse cometido esa parte de error, se habría perdido el todo.

Doñana ha cambiado la política de conservación española

¿La potencia politica que genera Doñana le beneficia? Creo que siempre le ha beneficiado. Es cierto que le ha gestionado tensiones “emocionales”, y a veces ha posibilitado una lectura simplona y sensacionalista de lo que en el parque ocurría. A veces ha supuesto para el parque una identificación ideológica sesgada, incluso sectaria, que nunca ha tenido ni ha pretendido tener. Pero creo que, más allá de todo lo anterior, ha dado un plus de reconocimiento y valor. Y en eso, Doñana no ha sido egoísta. El valor que se ha dado a Doñana ha transcendido. Mucho de lo ensayado en Doñana ha sido piedra de toque y referente para la conservación de la naturaleza en toda España. También creo, y admito, que en ese proceso a lo largo de estas últimas décadas algunas cosas no se han hecho adecuadamente. Es cierto, pero creo que, con todo, el balance es extraordinario. Doñana ha cambiado la política española de conservación de la naturaleza. Y quiero pensar que nunca este país dejará de ser un país donde se respeten los valores naturales.

Sigue siendo un territorio muy alterado, de muchas crisis ¿Dejará de ocurrir? Es ilusorio pensar que Doñana podrá conservarse al margen de los conflictos y de las situaciones. Van a seguir ahí, y será necesario mantener una tensión permanente. Está donde está, no es un territorio aislado, y cada vez lo es menos. Esa sensación de última frontera que tuvo, porque la tuvo y algunos la vivimos, ya no existe. Eso no es bueno ni malo, es un nuevo contexto. Y ese contexto no va a cambiar por más que lo pretendamos. La clave es entender que inevitablemente va a seguir habiendo cambios, cambios que, por otra parte, siempre han existido. La cuestión es tratar de que esos cambios se organicen de forma que los valores del espacio, lo que nos motiva a entenderlo como esencial, continúen presentes.

Una duna viva va engullendo al pinar. Foto: José María Pérez de Ayala.

¿El Plan de Desarrollo Sostenible del 92 fue un fiasco? Pienso que no, todo lo contrario. Obviamente no era ni podía ser una panacea. Fue un intento honesto de encontrar otro camino alternativo de progreso. Y fue valiente, se atrevió a decir “no” a algunas actuaciones que contaban en la comarca con un respaldo muy grande, y con una sensación general de que realmente podían ser soluciones. Contribuyó a un cambio en el modelo de percepción de Doñana, e hizo irreversible un diseño territorial en donde los valores naturales tienen un peso determinante. Además, supuso un importante, muy importante, esfuerzo inversión en infraestructuras que se realizaron, y están ahí. Y, finalmente, fue un referente nacional e internacional sobre otra forma de construir desarrollo. Es evidente que no aseguró el futuro hasta sus últimas consecuencias, pero es que no se trataba de ello. Luego han seguido ocurriendo cosas, ha llegado una crisis económica, han cambiado las coyunturas. El PDS dio respuesta a una situación concreta en una coyuntura temporal concreta, pero no incorporaba entre sus herramientas una varita mágica con que resolver cualquier nueva cuestión no prevista que pudiera aparecer en el futuro. Pero de ahí a no reconocer la importancia y el efecto equilibrador que conllevo en su momento, hay una distancia que no se debiera recorrer.

Ahora admito que la rentabilidad económica no es incompatible con la protección

¿La rentabilidad económica de la protección ambiental debe ser un objetivo, o pervierte la situación? Es la gran cuestión y el gran debate. Yo vengo de una cultura que considera la protección ambiental con un valor ético esencial independiente de su potencial rentabilidad económica. Me he educado en esa cultura y la he defendido a lo largo de décadas, a veces incluso con una pasión de la que yo mismo me sorprendo. Con lo cual encuentro dificultades para cambiar de orientación respecto de lo que ha sido uno de los pilares de mi forma de pensar. Pero también es verdad que la realidad es terca, y es posible apreciar no pocos ejemplos en donde la rentabilidad económica de lo ambiental no es incompatible con la protección y la viabilidad. Creo que estamos hablando de cuestiones complementarias, que pueden complementarse. Sigo pensando que la conservación de la biodiversidad es un compromiso ético de responsabilidad, en tanto sociedad madura y solidaria, pero me parece, y cada vez más, que ello no es incompatible con una búsqueda honesta de poner en valor de esa conservación. He aprendido que ese proceso no resta amigos, sino que los suma, y que si, además, incide sobre la comunidad más próxima al espacio, crea alianzas y conforma un nivel adicional de protección. El tiempo, poco a poco, pone las cosas en su sitio justo, que suele ser un punto de equilibrio en donde todas las cosas razonables pueden encontrar calibrado acomodo.

Ampliar Doñana como se sigue haciendo ¿es buena idea? Parcialmente, sólo parcialmente. Es evidente que el parque declarado hace cincuenta años no era entonces superficialmente ni completo ni suficiente. Y es notorio que la organización de las figuras de protección con criterios amplios, dentro de un esquema de ordenación territorial en equilibrio, es razonable. Pero la conservación no consiste sólo en declarar. Consiste también en construir modelos de gestionar y alianzas, y para eso se necesita escenarios de sosiego y aceptación. Todavía, por sorprendente que parezca, hay quienes entienden la declaración de espacios protegidos como amenaza. Entiendo que la conservación requiere normativa y declaración, pero sobre todo requiere sentido común. Ampliar por ampliar me parece un esfuerzo innecesario e improductivo. Ampliar para completar sistemas naturales o para fortalecer la protección de sistemas insuficientemente protegidos, puede estar justificado. Pero no necesariamente la conservación se conjuga en términos de declaración de espacios. También tenemos que entender que la conservación, como idea y como concepto, tiene que extenderse “per se” a todo el conjunto de territorio, más allá de la existencia o no de una norma expresa, o de un espacio protegido expresamente declarado.

Estoy orgulloso. Me hizo mejor persona

¿Cómo ves Doñana en su 100 cumpleaños, en 2069? La veo. La veo igual que la vi por primera vez. La veo como un espacio que me superaba y me supera. Conservar en esencia es muy sencillo. Basta con entender que es un acto de generosidad para los que han de venir, para aquellos a los que deseamos que un día, en el futuro, sientan lo que nosotros sentimos. Eso que nos hizo mejores, más capaces, más felices. Aspiro simplemente a que en el futuro Doñana logre seguir orientando los destinos de la gente sensible, que siga ayudando a mirarnos a nosotros mismos para mirar mejor a los demás, e identificando los mejores pensamientos del género humano.Estoy orgulloso de haber formado parte de la generación que hizo posible un futuro para Doñana. Me hizo mejor persona.

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