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Aparece el enemigo norte: el arrozal

Foto: autor desconocido, del libro ‘Paisajes de Andalucía’. La marisma aún virgen, luego arrocera, inundada en invierno.

Si se habla de salvación de Doñana cuando se creó el parque nacional en 1969 es por la amenaza que suponían los dos primeros grandes enemigos: el arrozal y el eucalipto. En la España del fin de la guerra, todo suelo debía ser productivo. Esto se convirtió en decretos del Gobierno franquista. Los humedales se desecaban, eran enfermizos y podían ser cultivados. Y plantar árboles madereros, sobre todo eucaliptos, resultó incluso obligatorio para toda la costa «entre el Tinto y el Guadalquivir».

Este panorama se cernía sobre el coto de caza. Pero existe un ‘frente norte’, un peligro dentro de este mismo contexto de un país hambriento, que es el del arroz. La puesta en marcha de este cultivo ocasiona una epopeya humana más dramática que la doñanera. El inicio se produce de forma casual. En los años 20 una empresa anglo suiza compró el gigantesco espacio al sur de la provincia de Sevilla y quiso cultivarlo. Allí no había nada, menos toros, almajos y pájaros. Pero el presidente de la Riotinto Company, lord Alfred Milner, navegando por el Guadalquivir, vio el parecido de la zona a la desembocadura del Nilo, donde estuvo enviado como ‘virrey’ por Su Graciosa Majestad.

El intento fue arduo y vano. En el mapa de la zona quedan restos del empeño, como los parajes conocidos como Príncipe de Gales, o Reina Victoria; algún tramo de vía férrea; no pocos canales; y el poblado de Colinas (en La Puebla del Río), hoy con varios restaurantes arroceros, que fue el asentamiento británico de la época. No cuajó nada, algunos dicen que fue un negocio especulativo para vender acciones en Europa. Y la guerra civil fue la puntilla.

Acabada la guerra, el general victorioso en Sevilla, el infausto Queipo de Llano, maniobra para que todo el suelo pase a propiedad de un industrial de la aceituna amigo: Rafael Beca. Este trae a valencianos en los años 50, y ellos sí lo consiguen. Codo con codo con los jornaleros andaluces (a los que Beca nunca les vendió tierra por creerlos menos aptos que los valencianos) fue emergiendo un arrozal que llegaría a ser el mayor de Europa.

En esos años, miles de personas dejaron allí su corta vida, en el más duro y peor cultivo posible, al sol, en el agua, entre ratas, culebrillas y escorpiones de agua; sin médico ni escuela; muchos huyendo de la derrota en la guerra, escondidos. Ese drama se unía al que se ocasionaba al ecosistema.

La proliferación de canales y de un manejo del agua sólo orientado al arrozal fue alterando el equilibrio de las marismas de Doñana, contiguas por el sur. Claro que eso importaba un bledo. Cuando José Antonio Valverde coge un par de monturas y a un guarda, y recorre durante días con papel y lapiz para dibujar un mapa la zona entre Doñana y la capital del arroz, La Puebla del Río, es consciente de cómo se transforma el territorio.

Pero eso lo contaremos en otro capítulo.

DOÑANA, TODO ERA NUEVO Y SALVAJE

En Doñana, todo era nuevo y salvaje’, libro editado por la Fundación José Manuel Lara, novelo con datos reales el momento en que Rafael Beca parte a Suiza para comprar todo el arrozal sevillano.

«Rafael Beca sale del Banco de España en Madrid con dos millones de pesetas, en metálico y en divisa extranjera: francos y libras. Dos pesadas maletas llenas de dinero que llevará a Suiza con todos los parabienes oficiales. Y también con la compañía experta del suizo Guillermo Patry y la no menos importante de un oficial de artillería, de paisano y armado. En esas dos maletas porta lo apalabrado para hacerse con el control de las acciones que los inversores extranjeros de Ismagsa todavía ostentan. Para convertirse en propietario de decenas de miles de hectáreas de las islas.

Durante día y medio el tren atraviesa la Francia entregada al colaboracionismo con Hitler. Traqueteando en el convoy concluye que es la operación de su vida, seguro que mucho más rentable que eso de representante exclusivo de la Coca Cola que había rechazado a un americano, conocido por sus exportaciones de aceitunas. Qué locura, un refresco con burbujas y sabor dulzón. Eso será del gusto de los americanos, pero no casa con el español, y menos con su poder adquisitivo.

El nivel de vida de Suiza no le impresiona. Sí la calma. El silencio. La tranquila vida de un país al margen de la Europa convulsa en plena guerra, y del sitio arrasado, famélico, del que llega Beca. Un lugar donde él da trabajo a gente que se sumerge en los canales cuando ve acercarse en la lejanía a la Guardia Civil. Un país donde las personas mueren de paludismo encogidas bajo un saco en el campo.

Piensa en todo ello oteando al otro lado del lago Ville Fontaine, la mansión habitada por la reina Victoria Eugenia, exilada en Suiza y reciente viuda de Alfonso XIII, el que días antes de tener que refugiarse en Roma cazaba en Doñana. Algo nada casual, pues durante dieciséis años consecutivos pegó tiros en el coto.

La pareja Real avaló a los inversores ingleses plantando en 1927 una palmera en el Rincón de los Lirios, junto al poblado de Alfonso XIII, como “símbolo de la victoria alcanzada sobre la malsana marisma cuya desaparición ordenó en bien de su leal pueblo de Andalucía”, como rezaba la placa. En medio de aquella absoluta nada, la presencia del Rey resultaba de impacto, pero mucho más yendo acompañado de dos futuros y sorprendentes reyes de Inglaterra. Se trataba del entonces príncipe de Gales, el que sería Eduardo VIII, monarca que conmocionaría al mundo abdicando por amor; y su hermano Jorge, coronado después de tan inaudita renuncia. Allí estaban los tres, junto a Fisher y la palmera.

Todo un real gesto de apoyo a la poderosísima troupe de inversores europeos que respaldaba a la Compañía Islas del Guadalquivir, los suizos Luescher y Wherli-Thielen –dueños de la Banque pour Entreprises Electriques de Zurich–, el alemán Bemberg y el inglés Rechnitzer. A la postre, unos especuladores sin paciencia para esperar que los cultivos triunfaran, aunque ciertamente algo menos ociosos que los nobles terratenientes españoles que les precedieron, los marqueses de Casa Riera y de Olaso.

Después de la transacción realizada con Meter Wherli, cena algo frugal en el hotel junto a Patry. No congenia con él ni con su amigo el alemán, Plate. Tiene la impresión de que estos ingenieros se creen más listos que él, un intruso llegado del olivar, y sin estudios.

Beca duerme después de muchas vueltas, porque sabe que tiene pendiente un segundo viaje casi igual de importante que éste.


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