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El invento del guarda Vázquez

Ánsares echando a volar. Foto: José María Pérez de Ayala.

El guarda Rafael Vázquez es uno de los miembros de las míticas sagas de cuidadores de la Doñana privada, la que usaban como coto de caza sus dueños antes de 1969. Él fue el inventor, a principios del siglo XX, de una técnica de caza de aves que sin duda es la más original de las que se realizaron en Doñana: la caza de ánsares con los tiradores escondidos en agujeros perforados en la arena.

El cerro de los ánsares es el lugar donde, al amanecer, se concentran estas aves venidas desde los países nórdicos para tragar la arena. Gracias a este mineral, consiguen triturar el duro rizoma de la castañuela, planta de la que se alimentan.

Si se trata de disparar, el cerro es un lugar muy atractivo, ya que la llegada de piezas está asegurada; pero a la par resulta, como su entorno, un lugar descubierto e imposible para aguardar a los animales sin que éstos te descubran. De ahí que el invento de Vázquez resultó todo un acierto.

Se trata de realizar hondos agujeros, lo bastante para que quepa un hombre algo agachado, en el cerro, y así esconderse y no ser avistados por los ánsares. Las aves llegan en tremendas bandadas, por lo que el éxito de la cacería estaba asegurado. Unos gansos amarrados al suelo, llamados cimbeles, hacen de reclamo para que se confíen sus hermanos voladores.

Tal fue el uso del cerro con este fin, que ya declarada Doñana parque nacional, y décadas después, se organizaron batidas de limpieza del hermoso promontorio para retirar los perdigones de plomo de su arena. Hoy día, en las excursiones de visitantes de Doñana, quien se preocupe de buscarlos es posible que todavía encuentre alguno de estos restos de un tiempo cinegético ya imposible. O eso habrá que esperar.

En este enlace, el gran fotógrafo y amigo Antonio Camoyán narra la que fue última cacería en el cerro de los ánsares.


Fotos: archivo Carlos Morenés y Banco de Imágenes del CISC.

Los cazadores fueron los primeros en señalar la importancia ornitológica de Doñana. Con permiso, claro, del auténtico pionero, el abuelo de los Machado, don Antonio Machado Núñez, uno de los primeros darwinianos de España, que ocupó la cátedra de Historia Natural de la Universidad de Sevilla entre 1856 y 1875 (además de ser rector), y autor del libro que inicia todo: ‘Catálogo de las aves observadas en algunas provincias de Andalucía’.

Dos ingleses, cazadores y vinateros escriben libros fundamentales

Bien, pues tras él llegaron Abel Chapman y Walter John Buck, que escriben al alimón dos obras que ejercen una fuerte influencia en la apertura de Doñana para la ciencia: ‘Wild Spain’ (La España agreste), 1893, y ‘Unexplored Spain’ (La España inexplorada), 1910.

Ambas se centran en la caza y la historia natural de diversas regiones, con especial atención a Doñana y las marismas del Guadalquivir. Abel Chapman escribe:

«Para nosotros, el Coto de Doñana ha aparecido siempre como un fragmento de la soledad salvaje de África, arrancado y especialmente preparado para nuestro disfrute en este remoto rincón de Europa… Para nosotros, cazadores, naturalistas y amantes de agrestes desiertos, Doñana representa nada menos que un paraíso en la tierra…» (Memories of Fourscore Years less Two, 1851-1929, Londres 1930).

Chapman y Buck fueron comerciantes en vinos de Jerez, asociados a la compañía Sandeman and Buck, que todavía sonará a los lectores por mantener bodegas. Formaban parte de un sindicato de cazadores que tenía arrendados los derechos de caza de Doñana y la marisma.


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DOÑANA, TODO ERA NUEVO Y SALVAJE

En el libro ‘Doñana, todo era nuevo y salvaje, me permito relatar de esta manera una jornada de caza en el cerro de los ánsares.

«Es tiempo de montería, y a la par muchas aves se van agrupando en los lucios y charcas. En varios aguazales vivaquea un pie de pájaros, como dice el guarda de Vetalengua, Antonio Vázquez, si suman suficientes para montar una cacería de ánsares. Y a eso estaban los señores cuando a las cuatro de la mañana cogieron el camino del Cerro de los Ánsares.

Se disponen a ejercitar una suerte cinegética única de Doñana, una técnica inventada por el guarda Rafael Vázquez Velázquez hace medio siglo. Los pájaros se posan al amanecer en el gigantesco Cerro de los Ánsares para tragar la arena que les permitirá el resto del día digerir el duro rizoma de la castañuela, la planta de la que se alimentan. Ahí arriba les esperarán, dentro de unos hoyos, los escopeteros.

Llegados al corral del Arca paran a la altura del carro ya aparcado, pues salió rato antes  de Marismillas con las vituallas y armas. También se encuentran allí los mulos, que portan en sus serones a los cimbeles, ánsares domesticados para –amarrada una pata a la duna- atraer a los salvajes, confiados por la tranquila presencia en tierra de sus congéneres.

En lo alto de la duna están cavados los agujeros donde se guarecerán los cazadores a la espera de ánsares. Allá arriba, los tiradores se hallan rodeados de mares: el de pinos, el de la marisma inundada, el del océano Atlántico. Y el cielo, que va virando del azul marino al rosa. Se oye el despertar de Doñana, un sonido de cantos de aves, batracios y algún mugido lejano.

De repente, uno de los guardas del campamento a pie de duna da la alarma.

–     ¡Áaaaansareeeees!

Los cazadores se introducen con una repentina dosis de adrenalina en el húmedo agujero de arena, permaneciendo inmóviles y ocultos. El bando, desconfiado con motivo, pasa de largo y da una vuelta más en el aire. Cuando al regresar aletea para por fin tomar tierra entre fuertes graznidos, el vigía del grupo de escopeteros grita el aviso para disparar. Y se desata la tormenta de pólvora y perdigones.

La caída a la arena de los ánsares suena compacta, tumb, tumb. Ida la aterrorizada bandada, los tres cazadores saltan como catapultados del hoyo para hacer las tareas que permitan una tirada más. Es preciso recomponer el campo lleno de cadáveres alados de forma que otro bando no se percate de la matanza. Todos los ánsares muertos se giran pechuga abajo, ocultando el plumón blanco. Incluso, si da tiempo, se les coloca en el cuello una horquilla de pino que levante la inane cabeza. Finalmente se borran las huellas dejadas por los zapatos. Cuando el grito de ¡ánsares! se repite, de vuelta al agujero.

Así durante las horas en que van acercándose estas aves venidas del norte de Europa».

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