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Misterios del palacio asombroso

(Mochuelo sobre un alcornoque. Foto: José María Pérez de Ayala).

En medio de un bosque umbroso y fresco; junto a un lago de perfectas dimensiones para el paseo a la sombra; y con el misterio de que hasta simbología masónica llena su arquitectura, se alza el palacio del Acebrón, el palacio en medio de ninguna parte. La ruina que fue para el sui generis Luis Espinosa Fontdevila.

Cuando me preguntan dónde ir a ver Doñana (sin pagar la tarifa), uno de los lugares que siempre recomiendo es el centro de visitantes del Palacio del Acebrón. Al sendero de la laguna se une el pasmo que causa semejante obra, entre el versallismo, el estilo colonial inglés, y hasta los palacetes sureños de EEUU.

El Acebrón es el más reciente (es de 1961) de los llamados palacios, como llaman en Doñana a cualquier construcción donde ha dormido alguno de los muchos reyes cazadores españoles, como el de Doñana o el del Rey (sendos cortijos), o Marismillas (un cottage a la inglesa). En el del Acebrón no se conoce pernocta real, pero su impulsor tiene un halo de misterio derivado de la rareza del empeño que le llevó a la ruina.

Luis Espinosa Fontdevila fue el séptimo hijo de Julián Espinosa Escolar, almonteño, y de la gaditana Carmen Fontdevila Ruiz. Se establecieron en 1885 en La Palma del Condado, dedicándose a criar y exportar vinos finos, sin abandonar en Almonte una destilería de alcoholes, su negocio inicial. Venían al calor de la apertura del tren a La Palma, y crearon Bodegas Espinosa, ya desaparecidas, pero con el recuerdo de una calle en el pueblo.

Destilaron un estupendo ponche, y exportaban vinos del Condado, de Montilla y de Chiclana, además de moscateles. El patriarca, que llegó a ser diputado provincial, muere en 1943 y sus hacendados herederos se hicieron con el negocio. Sin embargo, el séptimo permaneció soltero. Y decidió construir un palacio, quizás para competir con su cuñado Salvador Noguera, copropietario del coto junto a lo más selecto de la aristocracia jerezana: los dueños de González Byass y el marqués del Mérito, todos cazadores, todos ‘facedores’ de negocios en Doñana, y propietarios a tercio del palacio de Doñana.

Luis era hombre religioso, bastante desprendido con sus trabajadores, y cazador. El palacio lo usaba como pabellón de caza, y su construcción se llenó de piedras y maderas de alto valor; de escaleras principescas y frescos en el techo; de jardines y fuentes alrededor… para rematar la obra con uralita y escayola pintada, porque no le dio para más.

Hace pocos años, el guarda de Doñana que lo vigilaba, viviendo en la casa anexa, se sumergió en el edificio con otra mirada. Así fue como José María Galán compuso la teoría escrita en su libro ‘El último secreto de Doñana‘.
«Hice una descripción del edificio y con ella un catálogo de símbolos, entonces comprendí que la mayor parte de ellos eran susceptibles de ser utilizados desde una perspectiva esotérica«, afirma.

La propia orientación del edificio, la flamas que rodean su azotea, el águila bicéfala y sin corona de su chimenea, la ubicación de la capilla o las iniciales LEF en el frontispicio del palacio son algunos de los símbolos más evidentes, aunque hay otros más difíciles de percibir por el ojo no iniciado: como la aparición de patrones dentro del conjunto aquitectónico con el número tres y los múltiplos de once, la simbología en la talla de algunos de sus muebles o los frescos de sus techos.

Espinosa, ya arruinado, acabó viviendo en la casa rociera del guarda de su confianza, Jarilla. Era diabético aunque sin saberlo, y moriría en el sevillano hospital de la Cruz Roja por un empeoramiento.

Mientras tanto, al otro lado de la carretera a El Rocío, cualquiera de ustedes puede entrar en su palacio, subir a la azotea a ver el mar de pinos, y circunvalar la preciosa laguna tan llena de fresca vegetación. Maravilloso.

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Una de las estancias de la planta baja del palacio.

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